Crónicas del Nepenthe Rally (y 4)

Hay una magnolia de Soulange en mi jardín que tiene su florecimiento sincronizado con mi cumpleaños. Cada día paso por el Paseo de la Habana y veo dos magnolias iguales que florecen dos semanas antes, y la de casa de mis padres o las del Retiro llegan a su apogeo más tarde o más temprano. A veces me pregunto si será como eso que dicen que les pasa a las mujeres que conviven bajo un techo, que terminan por tener la regla a la vez. Hoy mi magnolia, en la víspera de mi cumpleaños, ha terminado de abrir sus flores completamente y ninguna de ellas ha perdido aún un solo pétalo: ese primer pétalo que cae y que ya marca el inicio del desmoronamiento de todas esas flores efímeras de las que no queda nada al cabo de dos semanas. La magnolia culmina de este modo la vuelta al sol, en el día de mi cumpleaños (y dos días antes del idus de marzo en que se celebraba la festividad de la Anna Perenna, la deidad que encarnaba el círculo o anillo del año), alcanzando el apogeo de su belleza, y siempre me hace envidiar un poco su ciclo: como me gustaría a mí poder, como ella, volver a florecer cada año con idéntico esplendor. Hago mis intentos, pese a la inexorable decadencia física, los humanos podemos elegir siempre de qué manera brotar, e incluso florecer. Mi promesa al final del verano fue ser capaz mañana de hacerme ciento cincuenta kilómetros en bicicleta para ir desde la puerta de mi casa, a la casa de mi amigo Miguel cuando llegara mi cumpleaños, ese es el alarde con el que trato de responder al alarde de mi magnolia.

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