Prado pandémico

El otro día visité el Prado, en su versión pandémica, que ha cerrado varias salas y ha hecho una especie de greatest hits en las galerías principales. Además lo hice con un amigo que nunca había estado, algo que siempre aumenta el placer de la visita pues uno puede comprobar el impacto que causan en otro las obras a las que ya estamos demasiado acostumbrados. Este gusto por observar como otro se conmueve con lo que un día nos conmovió –en Youtube esto ha degenerado en un formato enormemente popular y prolífico llamado reaction video– es una forma de volver a sentir el poder de una imagen, por mucho que el truco ya no funcione con nosotros.

Al Prado es mejor ir con un menú cerrado, para no empachar al ojo, que en los museos traga sin mesura y al cabo de dos salas no puede ya digerir más cosas. Procuro ir directamente a lo que me he propuesto revisitar, ignorar los otros cuadros como si llevara anteojeras de caballo, pero el reordenamiento ha dificultado esa manera de ver el museo y me desespero tratando de encontrar lo que venía a ver. Compruebo que muchos de mis cuadros favoritos no entran en este particular greatest hits. Me parece incomprensible que La bacanal de los Andrios haya quedado fuera del recorrido de los cuadros escogidos, confinado en una de las galerías clausuradas por la pandemia. También es verdad que si un cuadro debe ser encerrado por riesgo de contagio es este, nos recuerda todo aquello que anhelamos. Una bacanal donde la gente se emborracha junta, baila apretándose, se abraza a desconocidos, se revuelca en un prado y se incita eróticamente con la mirada, como les ocurre a las dos mujeres tumbadas con flautas en las manos o aquella que baila con vestido azul.

Extraño encontrarse solo con El jardín de las delicias que es un cuadro que procuro evitar desde hace años porque acercarse a él es como tratar de hacerse hueco en la barra de un chiringuito en un agosto de los de antes, uno ha de darse codazos con cincuenta turistas en crocs dispuestos a cualquier atrocidad por sacarle una foto borrosa al cuadro.

Allí estaba el tríptico completamente abandonado, en silencio, sin más ojos sobre él que los de mi amigo y los míos. Daban ganas de pedir un par de sillas y quedarse allí un rato, de tertulia. Uno puede llegar a imaginarse en esa situación lo que debía ser el goce privado de ese cuadro, poder cenar delante de él, conversar, pasar la sobremesa.

El autorretrato de Tiziano y el de Durero están juntos, a ambos lados del arco del principio de la galería central. Es interesante la comparativa, Durero joven, se pinta con veintiséis años, profuso en detalles, nítido en todos sus planos desde su cara hasta el paisaje del fondo, con una profundidad de campo infinita, amplio en su paleta, preciso en la línea, cada pelo de su melena está pintado tan minuciosamente que cabe pensar que se ha utilizado un pelo para pintar el pelo. Pese a tamaño esfuerzo pictórico, sus manos están protegidas por unos finos guantes, no, él no es un vulgar trabajador manual, ya se sabe que la pittura è cosa mentale.

Tiziano, que se pinta ya muy anciano, septuagenario, se resuelve a sí mismo con apenas tres colores, negro, blanco y ocre. No se ve el dibujo ni la línea, es algo brumoso, su figura emerge fantasmalmente de un fondo indefinido, sale a la luz de la oscuridad, mira al infinito, proyecta su pensamiento mientras en su mano sujeta un pincel. Lo superfluo se ha perdido, no hay filigranas ni alardes técnicos de suma laboriosidad como en el autorretrato del joven Durero. En todo el tiempo que ha pasado entre el ingenuo cuadro de Durero y el profundo cuadro de Tiziano, el hombre ha aprendido a pintar de verdad. Poner estos dos cuadros juntos es una genialidad.

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