Diario de Juan Bernier

Las antologías de poesía son un género de libros que ofrecen placeres inmediatos al abrirlos en cualquier momento, por cualquier página, como quien abre una nevera a deshoras para encontrar el antojo que sacia un apetito repentino. Hace un mes me topé de esta manera con un poema de un poeta hasta entonces desconocido para mí, Juan Bernier, en una antología que la editorial Visor publicó en 2020 y que tenía como tema los bares, la cerveza y la ebriedad –la antología merecería una reseña aparte, por la casualidad tan tristemente oportuna de haber sido publicada precisamente en el año que desaparecerán una parte considerable de los bares de este país de bares que es España.

Pasé unas cuantas páginas hasta escoger un poema de un tal Juan Bernier, titulado Borracho, y me paré en él porque vi que era un poeta de La Carlota, pueblo que atravieso a menudo de camino a una casa familiar en Posadas, el pueblo de al lado. A uno siempre le interesan los poetas de las tierras que le son familiares, y acude a ellos con la esperanza de hallar en sus páginas un verso que cante la singularidad de un elemento local con el que tengamos ya un vínculo emocional, a saber, un olivo, un arroyo, una ermita o un olor de aquellos campos. El poema me pareció muy bueno, pero no reconocía en él los paisajes de la Vega del Guadalquivir ni de la Sierra de Córdoba. Busqué más sobre la obra de Bernier y apareció su diario. Lo compré inmediatamente y fue abrirlo y no poder parar de leerlo con cierta angustia, fotografié sus páginas y las compartí por Whatsapp e Instagram, compré un par de ejemplares más para poder regalárselos a personas con las que poder comentarlo. Realmente me entró una necesidad imperiosa de discutir el libro, que en su impúdica sinceridad resulta muy turbador.

No me cabe ninguna duda de que si este libro hubiera sido escrito en Francia, compartiría panteón con el Diario del ladrón de Jean Genet, del que fue contemporáneo. Aquí ha pasado inexplicablemente sin pena ni gloria, a pesar de ser el pionero de la literatura confesional queer en nuestro país. Sospecho que la monomanía de Bernier por los adolescentes (llega a confesar que a partir de los diecisiete años los varones le dejan de interesar), su indisimulada misoginia (todo lo femenino le produce rechazo) y la narración de episodios escabrosos que producen pánico moral (encuentro sexual con su propio hermano), hacen muy desaconsejable cualquier apropiación de este texto para dar lustre a causa alguna. En su día a Bernier le arrestaron en un parque de Sevilla por incitación homosexual (su corta estancia en 1940 en una cárcel franquista llena de presos políticos y condenados a muerte es de los episodios más sobrecogedores del diario), hoy quizás lo arrestarían por pedófilo. El autor entiende que su transgresión social es la homosexualidad, no parece preocuparle tanto la edad de aquellos a los que corteja, está claro que en aquella época la madurez sexual –y por tanto la legitimidad de un roce– era una cosa que tanto heterosexuales como homosexuales juzgaban ocularmente al ver un cuerpo, el concepto legal y ético de edad de consentimiento claramente era desconocido.

El deseo de lo adolescente es un tópico literario muy antiguo, que hasta muy recientemente siempre ha narrado el nacimiento de la sexualidad a través de la mirada del adulto (casi siempre un hombre) sobre el objeto de su deseo, ahí están desde la Musa de los muchachos de Estratón de Sardes, hasta Lolita de Nabokov, por citar dos clásicos del género. Solo recientemente hemos empezado a ver este tema replanteado desde la mirada contraria, la del adolescente que es objeto del deseo de un adulto, viene a la cabeza el libro de Vanessa Springora, que aún no he leído.

Pero al margen del problema que la conducta sexual del autor pueda suponer para un lector contemporáneo, el libro tiene mucho interés, no ya por su indudable calidad literaria, sino por el insólito testimonio que ofrece de la Guerra Civil y de la terrible posguerra en los pueblos de la Andalucía rural, y en Sevilla y Córdoba. Bernier fue obligado a luchar en un batallón de castigo del bando franquista, en los peores frentes. Incluso fue condecorado con la laureada. Su mirada pues es la de un auténtico descreído, es un vencedor desilusionado de una guerra que no es la suya, como homosexual se siente completamente incomprendido tanto por vencidos como por vencedores, está más allá de derechas o izquierdas, porque sabe que no tiene espacio alguno en la sociedad y busca encuentros sexuales clandestinos en un ambiente de revancha, miedo, fusilamientos y ajustes de cuentas. Reflexiona que después de todas las atrocidades que ha visto cometer en nombre del orden, la religión y los buenos valores, lo suyo le parece una nimiedad.

No es un libro para cualquiera, es una lectura dura e incómoda, de una honestidad incuestionable, en ella su autor trata de aceptarse ante un mundo que le niega y explora la naturaleza de su deseo, sin ambages ni complacencia, mientras describe una época despiadada, violenta y pacata. Debiera ser un libro verdaderamente importante por lo que nos cuenta de nuestro país y del lugar que tenían los “maricas” en épocas pasadas, pero no parece haber tenido mucho impacto.

Comparto un pasaje donde Bernier describe un encuentro sexual temerario en Puente Genil, donde ha sido desterrado y trabaja como maestro de escuela, justo después de haber sido desmovilizado tras la guerra. Este encuentro transcurre en un momento de quema de libros, fusilamientos de rojos en la tapia del cementerio y misas de cuatro horas a las que se obliga a todo el pueblo a asistir.

Aquí otro en que Bernier se acepta a sí mismo, e incluso celebra su diferencia.

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