A Roque, ocho años después

Tanto nos parecíamos
que no hacía falta explicar que éramos hermanos.
Le llevaba siete años.
Hoy le llevo quince,
y se me acaba el tiempo
en que el espejo
aún me devolvía
algo de su cara
en la mía.

Solo quien muere joven
sigue siendo igual a si mismo,
con las ondas de su deseo
aún en expansión.
Lo cierto es que somos los demás
los que no dejamos de morirnos día a día,
cana a cana,
muela a muela,
arruga a arruga,
hasta que los escombros
de mil tardes de domingo
nos entierren vivo al deseo.

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