Meditaciones ante una rosa

Tras once años viviendo en esta casa, acabo de contar cinco rosales en mi jardín. He sentido la necesidad de inventariarlos ahora mismo, tras reparar en una diminuta rosa pálida que vive en este momento su máximo momento de esplendor en un rincón muy poco visible del jardín. Uno debe tumbarse para que esté en la línea de su horizonte. Le he dedicado varios minutos de observación en una postura bastante incómoda, debo admitir. Cuando he comenzado a sentir cierto dolor, me he levantado, y he buscado una postura más cómoda, y si bien la he perdido de vista, he dejado que siga en mi imaginación, como un objeto de reflexión. Es preciso iniciar el viaje con una rosa concreta, he ahí la magia de este invento tan viejo. Uno descubre una rosa en su esplendor, en una tarde de junio como esta, al final de la primavera, una que solo yo veré en su máximo apogeo antes de que empiece a perder sus pétalos y su color, y a partir de ahí puede comenzar su paja mental. Es viernes por la tarde además, y mañana pronto iré a una boda a Bilbao, ya tengo el traje planchado y la corbata escogida, de modo que no tengo otro plan que entregarme a mi rosa. Podría abordarla por muchos flancos, se me ocurre por ejemplo que lo primero que debería hacer para conocerla mejor es ir a la taxonomía. Hace poco visité una exposición en Berlín sobre María Sybilla Merian, una de mis artistas-fetiche, que dibujaba flores y hacía libros por encargo, pintando pétalos y flores irrepetibles de jardines burgueses. Debería saber exactamente qué rosa es aquella, el nombre botánico de la planta, sus propiedades, su creador, el momento en que llegó a España… Pero tras una copiosa comida y dos gin tonics me da un poco de pereza entregarme a la deriva botánica. 
Foto chunga que hice de la expo de Maria Sybilla Merian, mejor pierdan el tiempo con ella que conmigo.

Pienso en la dimensión poética de la rosa. La rosa está saturada de literatura, quién no ha convertido a su rosa en símbolo, qué poeta que se haya sentido grande no le ha cantado a la rosa. De inmediato a mi mente le vienen unas cuantas referencias. Las definitivas son las de Juan Ramón Jiménez:

Ahí va el olor de la rosa, cógelo en tu sinrazón 

Me acuerdo bien de ese aforismo porque estaba en el billete de 2000 pesetas en el que aparecía la cara del poeta. El mismo que escribió el verso definitivo sobre las rosas: 

No la toques ya más, que así es la rosa. 

Me viene a la cabeza también el poema de Borgés, escritor al que no tengo en mucha estima, sobre la rosa de Milton. Este poema he de confesar que me gusta, sobre todo, porque Milton ha sido durante años una de mis obsesiones y el poema describe una escena que puedo ver nítidamente, Milton ciego, acariciando una rosa, mientras camina por su jardín imaginando versos de Paradise Lost que por la tarde dictaría a sus hijas ansioso de que liberaran su memoria RAM de las líneas que había terminado de cincelar en su imaginación y que no podía escribir, impedido por la ceguera. Él mismo se describía como una vaca llena de leche, con la ubre tensa, dolorido y necesitado de que alguien le aliviara ordeñándole. Copio el poema, que fue escrito por el Borges ya ciego, pensando en otro gran ciego escritor:

UNA ROSA Y MILTON

De las generaciones de las rosas 

que en el fondo del tiempo se han perdido 

quiero que una se salve del olvido, 

una sin marca o signo entre las cosas

que fueron. El destino me depara 

este don de nombrar por vez primera 

esa flor silenciosa, la postrera 

rosa que Milton acercó a su cara,

sin verla. Oh tú bermeja o amarilla 

o blanca rosa de un jardín borrado, 

deja mágicamente tu pasado

inmemorial y en este verso brilla, 

oro, sangre o marfil o tenebrosa 

como en sus manos, invisible rosa.

El poema ilustra bien esa necesidad de escoger la rosa concreta a la que cantar, aquella que se salva de lo genérico, y tiene la singularidad pertinente que le hace merecedora de un verso. He de admitir que yo he sentido hoy mismo esa necesidad de hacer de mi rosa una rosa única, merecedora de un esfuerzo intelectual que la presente ante la humanidad como un hecho irrepetible. Nadie ha contado mejor esta ansiedad por tener una rosa singular que Saint-Exupéry en el Principito:

Je me croyais riche d’une fleur unique, et je ne possède qu’une rose ordinaire

Los franceses llevan cientos de años tratando de hacer de las rosas un lenguaje simbólico con el que hablar del placer, del amor, de la conquista y de la pureza. Uno de mis mayores logros como lector fue digerir el ladrillo que hoy en día es el Roman de La Rose, de Guillaume de Lorris y Jean de Meun, biblia del Amor Cortés. Si alguien quiere darle alma a la rosa y convertirla en todo un mundo y una razón de vivir ha de leer este extenso poema. Comparto unos versos del principio y los versos del final, y que los valientes se aventuren a leer todo lo que hay en medio, que son 600 páginas. 

Aquí empieza el tocho, sólo para valientes



… y aquí termina, el que hoy lo lee llega a creer que no tiene fin, pero lo tiene. 

Pero volvamos a mi rosa. A la que he descubierto al tirarme en el jardín, ahíto tras un largo banquete de viernes por la tarde, al final de la primavera. Os la fotografío con mi Roman de la Rose, puro postureo pedante de un diletante que nunca llega a nada. Diré que al verla todo se ha detenido en el instante, y he comenzado a considerar la arbitrariedad con la que medimos el tiempo. Bajo mi rosa, había otras ya marchitas, en las que nadie se ha detenido a contemplar, y sobre ella hay un par de capullos que pronto la sustituirán en belleza y esplendor. En un metro de rosal se hallaban ante mí todas las edades del hombre, y como en un espejo pude mirarme en todas ellas, asignar a cada una de las rosas las caras de las personas que se marchitan ante mí, las que florecen en su esplendor y las que aún son un capullo incierto. Pensé en la lenta agonía de las rosas, en quizás deberíamos medir el tiempo por acontecimientos como el de aquel rosal que florecía y se marchitaba a la vez ante mí, en las ventajas que supondría limitar mi conciencia del tiempo a la observación del rosal, en lo bien que le iría a la humanidad si cada individuo limitara sus expectativas sobre el tiempo al desarrollo de un rosal. Nadie que se preocupara por la futura destrucción del mundo a causa del cambio climático, o por la corrupción de las costumbres y la moral. Científicos apaciguados en su alarmismo ante la contemplación de un rosal en su aquí y ahora, inoperantes, inmóviles. Terroristas que abandonan sus planes de acuchillar a transeúntes porque deben observar la lenta agonía de su rosa. El mundo entero detenido ante el reloj de un rosal. Me entra una enorme carcajada al pensar la deriva de mis pensamientos frente a mi pequeña rosa. Por un momento veo su potencial como sedante para un mundo que se empeña en anticipar, prevenir o sancionar en cada momento una catástrofe casi inevitable. Por un momento considero la posibilidad de escribirle un poema a mi rosa, un poema más en un mundo lleno de poemas a las rosas. Me siento casi convencido de que tengo un par de versos que podrían lograr otorgar una cierta singularidad a esta rosa que probablemente haya perdido su lozanía cuando regrese el domingo por la noche aquella boda de mi prima en Bilbao, y veo ya todo lo que he escrito a costa de ella y me empieza a dar pereza y a parecerme un esfuerzo estéril. Da para un post, que por pura dejadez voy a publicar ahora mismo, sin revisar, hasta dentro de unos días. 

A qué es bonita?

Sólo una cosa les digo, encuentren su rosa, obsérvenla un rato, verá que si hay algo de vida en ustedes, al poco la rosa les empezará a convencer de que es una rosa única y singular, como lo es el pensamiento que brota de sus conciencias al momento de observarla, y es ahí donde la rosa ha hecho toda su magia: se están viendo a ustedes mismos, y la rosa les enseña toda la belleza que hay en sus interiores. Aquí está la mía.

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