El paisaje de la indiferencia

Ayer descubrí un poema de Auden que me descubrió este cuadro atribuido a Pieter Brueghel. El cuadro cuenta la caída de Ícaro, pero lo hace con una puesta en escena en cuyo sosiego costumbrista hay algo perturbador. Apenas vemos a Ícaro, solo si nos fijamos atentamente vemos un par de piernas de alguien que ha caído del cielo. Está en un segundo plano, como un nimio detalle en una escena donde pasan muchas otras cosas y en realidad solo pasa una cosa: la vida circular de la gente, que siguen sus rutinas ensimismados y totalmente ignorantes de la tragedia de un hombre que ha osado volar y que ahora se precipita a un mar vacío que lo engullirá y lo hará desaparecer. En el primer plano vemos al labriego atento únicamente al surco de su arado, luego al pastor que mira a un cielo vacío despistado y al fondo el barco del mercader que sigue su ruta, cargado de mercancías que venderá en otro puerto. La vida sigue, indiferente a la muerte de un hombre que ha desafiado una ley que nos somete como ninguna, la de la Gravedad. El drama del cuadro no es tanto la muerte de Ícaro sino el marco que plantea para la escena, que es el paisaje industrioso de la indiferencia humana y contra el cual, Ícaro tiene la misma escala que la mosca en el bodegón.

Este cuadro es hoy más relevante que hace un mes, es el momento de recuperarlo. W. H. Auden lo vio en Bélgica y su contemplación le inspiró un triste poema que tituló, Musée des Beaux Arts y que lo traduce bien a otro medio. Os copio la traducción al castellano de Ezequiel Zaidenwerg.

Sobre el dolor jamás se equivocaban
los Antiguos Maestros: comprendían muy bien
su expresión en el hombre; cómo ocurre
mientras algún tercero está comiendo, o abriendo una ventana
o simplemente caminando por ahí;
cómo, mientras que los ancianos esperan con pasión y reverencia
el nacimiento milagroso, siempre debe haber chicos
sin interés particular porque aquello suceda, patinando
en un lago adonde empieza el bosque:
y tampoco olvidaban
que el terrible martirio debía seguir su curso,
aun en otra parte, en un rincón mugriento
donde los perros siguen con su vida perruna y el caballo del torturador
se rasca su inocente trasero en algún árbol.
Por ejemplo, en el Ícaro de Brueghel: cómo cada elemento
da la espalda al desastre despreocupadamente; quizás el labrador
escuchó el chapuzón, el grito ahogado,
pero eso para él no era motivo de inquietud; el sol brillaba
como debía brillar sobre las piernas blancas que desaparecían
bajo las aguas verdes; y ese barco, tan caro y elegante,
que ha de haber asistido a algo asombroso, un chico desplomándose del cielo,
tenía que llegar a algún lugar, y siguió navegando mansamente.

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