Dios regresa a Santa Sofía

La ahora mezquita durante el culto

Mi mujer estaba de acuerdo, el muecín que llamaba a la oración desde la megafonía recién instalada en Santa Sofía tenía duende. De la misma manera que en una saeta es difícil de impostar el fervor, nos pareció que ese quejío con el que proclamaba que no hay otro dios si no Dios sonaba con mucha verdad –claramente estábamos ante otro palo del mismo arte que engendró la saeta. El canto de este muecín no tenía nada del murmullo atonal de quien lleva toda su vida repitiendo la misma oración cinco veces al día. Estaba claro, pensé, que para reabrir Santa Sofía al culto islámico han fichado como cantaor residente a un entusiasta capaz de atraer fieles a este inmenso templo en una ciudad donde –sobran demasiadas mezquitas y hacen demasiado ruido para los fieles que hay–  en palabras del conductor aleví que nos condujo allí a mi mujer y a mis hijas el pasado julio, concretamente el día del apóstol Santiago.

Sospecho que cuando Erdogan tomó la provocativa decisión de resacralizar el edificio que Atatürk –fundador de la república laica de Turquía– convirtió en museo, quería apropiarse del legado de Mehmet el Conquistador para esa suerte de populismo neo-otomano tan ávido de símbolos. Pero la restitución de la condición de mezquita de la que en su día fue la mayor catedral del mundo no es una reedición del triunfo del Islam sobre la Cristiandad, como muchos han creído ver, sino una victoria romántica (y pírrica) de la religión sobre la incontenible voracidad del turista laico, en cuyo efímero cuaderno de viaje –Instagram– se le dedica a la visión de la sobrecogedora cúpula del templo de Justiniano el mismo peso y el mismo espacio que a los Gucci falsos del Gran Bazar.

Creo que alguien me explicó alguna vez que antiguamente la ubicación de las mezquitas en una ciudad se decidía por el alcance de la voz de los muecines: allí donde no llegaba a escucharse ya la llamada a la oración de una, se construía una mezquita nueva. La llegada de la megafonía moderna a los minaretes ha generado una importante cacofonía, las llamadas a la oración se solapan ensordecedoramente en las ciudades. Sin embargo, el muecín de Santa Sofía pausaba exactamente a la vez que empezaba a cantar el muecín de la cercana Mezquita del Sultán Ahmet, parecían turnarse intencionadamente, como si fueran un dúo, y desde el centro de la plaza que separa a ambas mezquitas, donde nos dejó el taxista, había un maravilloso efecto estereofónico. Fue pura casualidad que llegáramos allí justo en el momento en que los minaretes comenzaban a bramar –¿podremos entrar durante el rezo?, pregunté preocupado al aleví– él nos dijo que sin ningún problema, aunque si iba con mis hijas debía saber que durante el rezo gran parte de la mezquita estaría segregada, en el culto sunní los hombres y las mujeres rezan por separado, en sitios distintos, no como los alevis, que lo hacen todo juntos e incluso bailan en la ceremonia –no todos los musulmanes somos iguales– me insistió varias veces con orgullo. Pronto nos vimos rodeados por cientos de familias que avanzaban hacia la puerta de Santa Sofía bajo ese sol de julio, cubiertos de trapos de colores tristes, tapándose codos y rodillas, pastoreando a niños de todas las edades. Nuestro conductor aleví nos explicó que eran azerbaiyanos y kazajos, opinaba que a Erdogan le gustan cada vez más los turistas de pueblos túrquicos, que son ahora los que visitan la mezquita durante las fiestas religiosas del Eid Al-Adha (Kurban Bayramı en turco). Me acordé de que esa misma mañana había leído un artículo del Economist sobre la falsificación masiva de certificados covid en Kazajistán.

Según nos aproximábamos al recinto de Santa Sofía, mis hijas adolescentes se imbuyeron de un espíritu carnavalesco al asumir la etiqueta de la fe local, sacaron de sus bolsos su atuendo orientalista, compuesto de prendas compradas en cada parada de nuestro periplo turco. La cara tapada con unas coloridas mascarillas hechas con retales de ikat, el pelo oculto bajo pañuelos con diminutas caracolas cosidas a los bordes, el cuerpo cubierto por caftanes de manga larga de los que colgaban ojos de Fátima hechos con cuentas. No parecían turistas, si no figuras escapadas de una ilustración de Las mil y una noches, llegadas de alguna exótica región del mundo Islámico, cuyos fieles abarcan toda la paleta, desde el fúnebre negro del chador al alegre carmín de un salwar kameez. De repente una tediosa visita cultural se les hace divertida cuando incluye disfrazarse y pasar a representar un papel sobre un escenario.

Mi hija pequeña no participa de la fantasía orientalista de sus hermanas mayores, va con bermudas, camiseta de tirantes y melena suelta, se niega tercamente a cubrirse y se planta en la puerta de la mezquita más concurrida de Estambul como una roca contra la que choca la marea de fieles que inunda el templo. Argumenta que a sus once años aún es una niña pequeña y como tal, está exenta de la norma de taparse. La situación me obliga a juzgar cuánto de niña queda en su cuerpo, y cuánto asoma de la mujer que será. Me temo que ya eres suficientemente mayor, le digo con tristeza, y ella con gesto desafiante me dice que nos espera fuera, no piensa cubrirse en pleno julio para ver unas piedras. La mayor le dice que ese acto de resistencia feminista en medio de la mezquita es ridículo. Finalmente mi mujer, poseída por la determinación de Mehmet el Conquistador, le pega tres gritos, la enfunda en un pashmina y nos fundimos en esa muchedumbre de etnias túrquicas, que pasa bajo el mosaico de unos Komnenos que hoy más que nunca parecen mirarnos estupefactos, hasta el nártex, ese vestíbulo porticado forrado de planchas de mármol dispuestas como tests de Rorschach, donde todos se descalzan y apilan cientos de zapatos junto a la imponente puerta del emperador, aquella antaño reservada en exclusiva a los reyes de Bizancio.

Mary, Christ the Child, Kommenos 2, Empress Eirene Mosaic
Mosaico de Juan Komnenos, en la entrada de Santa Sofía

Visité Santa Sofía por primera vez en 1996, haciendo el Interrail en el primer viaje con la que ahora es mi mujer. He regresado después con mis padres, con mis hermanos y ahora por vez primera con mis hijas, seis o siete veces en total. Sin duda es el lugar del mundo en el que más alto vuela mi imaginación, como si no hubiera gravidez que sujetara al pensamiento en ningún suelo. He pasado largos ratos en cada rincón visitable, lo he fotografiado con carretes de blanco y negro, con diapositivas, con mi primera cámara digital, con mi teléfono. He tocado sus mármoles y sus ladrillos, fantaseando siempre con aquellas otras manos que los han tocado antes que yo, considerando todos los estratos de la Historia que aquí se revelan, Roma, Bizancio, los cruzados, los otomanos. Pero por muy visto que lo tenga, Santa Sofía no me ha sobrecogido nunca de tal forma como al ver a tantos hombres y mujeres practicando su rezo al unísono, orientados hacia una misma dirección, uniendo sus silencios, cada uno perfectamente pegado a su trocito de suelo como las teselas de los mosaicos. Ahora el espacio vuelve a ser sagrado, todas esas mentes se sienten en la presencia de un dios, y reflexiono sobre el nombre griego del templo, consagrado originalmente a la divina sabiduría, al logos (Sofía es sabiduría en griego, no se refiere a la mártir del mismo nombre). Esa gran estancia –durante varios siglos la más grande del mundo– es un espacio de luz, de aire, no es la casa de Dios, es su vientre. Mi amigo Juan Miró, decano de la facultad de arquitectura de la Universidad de Texas, me dijo que los edificios hay que visitarlos siempre en uso, sobre todo aquellos que fueron diseñados para el culto, pues cuando se convierten en museos están ya muertos, y por muy restaurados que estén, no son más que cadáveres embalsamados. Mientras pienso esto, mi hija mediana se me acerca al oído y me llama la atención sobre el intenso olor a pie que viene de un tipo cerca de nosotros, algo que hasta entonces había ignorado, lo percibo y en ese instante descarrila el tren de mis reflexiones estéticas. Faltan claramente los incensarios de Bizancio, el humo perfumado que eleva las almas (y camufla los cuerpos). Trato de enviar a un segundo plano la percepción sobre la que mi hija me ha alertado, pero no puedo ya evitar pensar en la microfauna de la alfombra que piso, en el corte que me hice con una roca de la bahía de Göçek en la planta del pie, considero la posibilidad de una sepsis debida a un estreptococo de una cepa kazaja, en mi mente veo una horda de bacterias turcomanas penetrando por la puerta de mi herida, irónicamente el día Santiago, mi santo, el patrón de los reconquistadores españoles. Me saca de este pensamiento aprensivo mi hija mayor, que está absorta mirando los rezos con cierto temor y me susurra que esto parece una secta, que toda esa gente que reza en perfecta coreografía, tocando el suelo con la frente, humillados ante un dios, en ese momento obedientes en todo hasta el desprecio de la propia individualidad, infunde temor, y más en alguien como ella, que ha crecido absolutamente ajena a religión de cualquier tipo. No ayuda haber pasado hace un par de horas por la impresionante colección de armas del Palacio Topkapi, donde están expuestas la sinuosa espada flamígera de Bayaceto, las del profeta y sus compañeros, Ali y Utman, cimitarras y alfanjes, que parece que matan más dolorosamente por sus curvas, los mazos para destrozar cabezas, unas flechas de oro con perlas incrustadas…

Aún así, desde donde estamos, justo antes de la zona designada para el rezo, varios niños corretean, juegan con sus peluches, uno a nuestro lado da cuerda a una especie de Godzilla que se mueve cuando lo apoya en la alfombra, sus madres les hacen carantoñas, se hacen selfies con ellos, hablan, ríen, no están de manera alguna cohibidas por la solemnidad de aquel rito que a nosotros nos impresiona, se comportan como cualquier madre y cualquier niño en un parque infantil. En las iglesias, pienso, a los niños les exigimos mucho más silencio y respeto. Tengo entonces, mientras el Godzilla de juguete se acerca a mi pie descalzo y una madre me sonríe y lo recupera antes de que se estrelle contra mí, un momento de exaltación en el que me reconcilio plenamente con la idea de que la catedral de Santa Sofía vuelva a ser mezquita, ¿No hemos hecho nosotros lo mismo incrustando una catedral en el corazón de la mezquita de Córdoba, un templo que en cierto modo es el reverso de Santa Sofía al otro lado del Mediterráneo? ¿Qué tipo de debate se originaría en España si decidiéramos ahora suprimir el culto en la Catedral de Córdoba y convertirla en un museo, como lo hicieron los turcos en 1935 con Santa Sofía? Y estas preguntas me llevan a otra reflexión más interesante, pues tengo fresca en la memoria la noticia de que en Berlín se acaba de poner la primera piedra de un edificio interconfesional que se llamará The House of One, y que será un mismo espacio donde las tres religiones abrahámicas podrán rezar y convivir: la iniciativa es ciertamente esperanzadora y le deseo lo mejor, pero a la vez pienso que la Historia nos ha dado ya dos espacios milenarios, híbridos, emocionalmente habilitados como ningún otro para el culto interconfesional. Son la mezquita de Santa Sofía y la catedral de Córdoba, y sería un hito verdaderamente transformador que tanto Santa Sofía como la mezquita-catedral de Córdoba, se hermanaran y permitieran el culto tanto a musulmanes como a cristianos. Esto sí sería una victoria sobre el signo de los tiempos, no ya de la religión, sino de ese Dios que une a los hombres.

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