Dedicatoria y cita

La dedicatoria

Me preguntan quiénes son esas personas a las que he dedicado el libro. Por orden de aparición, el chilango Sergio Alcocer y su increíble colección de 60.000 vinilos, la persona que más nos ayudó a quedarnos en Austin, después Mundo (de Raimundo), ingiero mallorquín con el que tuvimos nuestro momento Nomadland por los confines de Texas con esa motorhome que veis detrás y con sombreros para ir de incógnito por esas latitudes. En la foto de blanco y negro, contra un mural que explota los tópicos cowboys, está mi amigo porteño Alejandro Egozcue AKA la Vieja, que nos arrastró a todos los honky tonks de la zona y nos sacó con vida de ellos, y en cierto modo fue el Virgilio cicerone por los círculos infernales del lado maloliente de Austin. Por último el único amigo gringo que me hice en cuatro años, el nadador olímpico Shaun Jordan, que los fines de semana nos llevaba a tomar helados en su Cadillac del 75 en el que nos sentíamos como Cenicienta en carroza. Por último, una foto del Donn’s Depot con su banda geriátrica de country-rock, que es el tugurio donde pasé solo mi última noche en Austin antes de volverme a España… Un poco de todo esto hay en el libro, que llega ya el próximo lunes a las bibliotecas, Los días perfectos (Libros del Asteroide).

La cita

En mis últimos años de colegio escribí no menos de treinta novelas, en todas ellas sólo alcancé a completar el título, la dedicatoria, las citas previas y en ocasiones hasta un prólogo explicando por qué iba a escribir la novela que estaba prologando. De las novelas, por supuesto, ni una palabra. Cada vez que encontraba una buena cita en cualquier sitio me ponía a imaginar qué tipo de novela podría escribir para utilizarla –recuerdo mucha ansiedad por escribir algo que abriera con una que inventó sin darse cuenta mi amiga Marta Vera al ver mis pies planos: “cada uno tiene los pies que se merece”. Por supuesto, el tema de la dedicatoria era objeto de muchísimas deliberaciones, y casi siempre era a la inalcanzable mujer que en aquel momento quería enamorar, ser escritor solo podía servir para eso. Después pensaba en un título irresistible hasta quedar agotado y poco después abandonaba el proyecto. Era como un pintor que solo hace marcos con la placa del título. Me impresionó cuando vi que Pedro Mairal en “La uruguaya” ni dedicaba ni ponía cita, es como esa gente que sabe levantarse de la mesa con un poco de hambre e irse antes de ser pesado, tiene mi admiración. Yo que soy de los que no me levanto hasta que no queda nada, no soy capaz de renunciar al lustre de una cita y al comodín de una dedicatoria. En la foto la cita que he escogido finalmente, tras probar con otras tres o cuatro. Dicen que es de Abderramán III, pero a saber si es un apócrifo. La leí en un artículo de filosofía ligerita del NY Times sobre la felicidad. La cita se ha popularizado gracias a Gibbon, que la traduce del francés de un tal Cardonne (se ve en el pie de página) y yo la traduzco del inglés y mutilo la cita convenientemente. No pasa nada: Las mil y una noches o la Biblia son traducciones de traducciones de traducciones y son textos vivos precisamente por eso. Aquí os dejo la cita entera que está en el volumen V de su muy recomendable The Decline and Fall of the Roman Empire (confieso que solo he llegado a la mitad del segundo tomo, pero el primero deja a Game of Thrones cerca de Bambi).

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