Me estoy quitando

Una crónica de la eliminación de todas mis redes sociales.
Artículo publicado en The Objective

Cuando era pequeño, cada vez que hacía algo que sentía como extraordinario –tirarme de una roca alta a un río, colarme en una cueva con una linterna, disparar una chimbera– a menudo fantaseaba con que había una cámara pequeña por la que me veían en directo mis amigos del colegio, esos que el lunes en el patio cuestionarían mi hazaña, y fantaseaba también con que me veían aquellas niñas que me gustaban y que jamás verían ese instante de gloria en el que yo de repente molaba tanto que merecía su amor. Vivir algo grande sin testigos de ningún tipo era frustrante, no generaba crédito social y por tanto, suponía un enorme desperdicio.

Esta fantasía infantil me parecía tan natural, que he preguntado a muchas personas si alguna vez tuvieron la misma idea de niños. La mayoría contestan que jamás, algunos incluso añaden con gesto extrañado que les parece un pensamiento bastante retorcido. Pero lo cierto es que siempre hay alguno que confiesa haber deseado esa cámara que aparecía para dar fe del momento en que uno molaba en ausencia de testigos.

Mi generación creció pensando que el futuro estaba hecho de coches voladores, viajes en el tiempo y exploración de mundos habitables en otras galaxias. Pero el futuro desgraciadamente resultó ser la realización de aquella fantasía infantil, y a juzgar por el éxito enorme de las redes sociales, el mío no debía ser un anhelo tan infrecuente.

A principios de este verano me borré de aquellas redes sociales en las que aún me mantenía, mis motivaciones eran varias, pero principalmente la de recuperar en la medida de lo posible la suficiente capacidad de concentración como para poder escribir otra novela. Es decir, recuperar la posibilidad de poder vivir ensimismado y en mi mundo, que es lo que un novelista necesita para poder alumbrar en su imaginación un lugar, un tiempo y unos personajes que pueda trasladar después a un texto. Para ello es importante dejar de atender cómo retransmiten su vida y qué cosas opinan a cada minuto aquellos que están lejos del alcance de nuestra presencia.

Comparto algunas notas sobre la experiencia de abandonar las redes sociales después de haber sido bastante activo en en ellas desde 2009, pues supongo que alguno estará muy tentado de hacer lo mismo que yo. Empiezo por confesar, que como en aquella canción de Extremoduro, la realidad es que “me estoy quitando, solo me pongo de vez en cuando”. Y es que para quitarse del todo hay que borrarse hasta de Whatsapp, que no nos engañemos, es otra red social más y puede que la más distractora de todas. Pero ya se sabe que a los adictos rehabilitados siempre les dejan el tabaco para que no acaben tirándose por la ventana o volviendo al vicio de cabeza, así que de momento, me fumo mi cajetilla diaria de grupos de whatsapp con sus memes, las discusiones innecesariamente largas para concretar una quedada de amigos y las tres decenas diarias de felicitaciones de cumpleaños a alguno de los cien miembros del chat de antiguos alumnos del colegio. Ahora bien, me he pasado a una versión light de Whatsapp: me he quitado las notificaciones y he comunicado a todo el mundo que paso de escuchar audios (por encima de mi cadáver). Traducido al mundo del tabaco esto sería como pasarse al cigarrillo electrónico o alguna marca como el R1.

De Twitter hace años que me despedí, mi paso fue efímero, fui un usuario muy pasivo y jamás le cogí el gustillo, no perdí el tiempo en esa red. Era como acudir a una tertulia con amigos y gente interesante, donde de repente se sientan a tu mesa treinta desconocidos enmascarados y se ponen a tirar huevos cada vez que habla alguien. Un foro de discusión donde el turno de palabra está limitado a tres frases y lo que digas tiene una caducidad casi instantánea, al final solo premia al que contesta más rápido e inflige más daño en menos palabras. Desde el principio siempre me pareció que Twitter vive de fomentar dos comportamientos que siempre me han espantado: uno es el del cabreo de conductor, que protegido por esa burbuja aislante que es un coche, insulta sin medida a cualquier conductor desconocido que le moleste. El otro es el del payaso de clase, aquel que siempre está dispuesto a reventar con un chiste cualquier intento de hablar de algo serio o profundo.

Linkedin es otra red de la que hui hace años. Un escaparate diseñado para la autopromoción sin complejos, que para alguien que como yo acumula más fracasos laborales que éxitos objetivos, solo conduce a la impostura más bochornosa. Me veía siempre tratando de disimular u ocultar los proyectos que habían salido mal, aquellos trabajos en los que había durado sospechosamente poco y exagerando con bombo y platillo todo lo que había salido razonablemente bien. Luego encima aparecían en linkedin funcionalidades cada vez más endiabladas, como la de crear un enjambre de etiquetas para definirte (marketing digital, copy, creatividad, diseño…) y tratar de que otros contactos las validaran –a ser posible con piropos– para que la farsa no fuese tan flagrante. Uno terminaba por acceder a indignas peticiones de elogios que hacían ciertos contactos que ofrecían reciprocidad, y acaba escribiendo a gente que apenas conocía blurbs del tipo “trabajar con Marcos ha sido una gran experiencia, su profesionalidad fue exquisita, se anticipaba siempre a nuestras necesidades y nos dio más de lo que pedíamos.” Todo en Linkedin es especialmente sonrojante, porque seamos honestos, la gran mayoría de nosotros somos auténticos mediocres y aquellos currelas que destacan no necesitan convencer a nadie de nada con un perfil de Linkedin. Por eso leer los textos con los que la gente que necesita venderse trata de venderse puede llegar a dar bastante vergüenza ajena. Tomemos el ejemplo de la palabra “liderazgo”, que seguramente sea la más empleada en las descripciones que la gente hace de sí misma. Si examináramos en cuantos perfiles se presume de “dotes de liderazgo” veríamos que en el mundo hay más líderes que gente liderada. Luego está esa lado humano que tantos tratan de incrustar en el perfil laboral para enseñar una cara amable, contándote que además de directores de marketing son padres, o que corrieron el domingo pasado una carrera de cinco kilómetros para alguna enfermedad sin cura. Y los más peligrosos de todos, son aquellos a los que no les vale con tener dotes de liderazgo y ser padres y mejores personas, sino que encima ofrecen pruebas de su tesón ilimitado, colocándote que además de sus siete MBAs han corrido veinte triatlones. A su lado eres un infrahumano, no tienes nada que ofrecer. Definitivamente, si eres un mediocre, que es lo más probable, es mejor no dejar pruebas escritas de ello inflando un triste perfil en Linkedin, y por el contrario, si eres un triunfador laboral, no lo necesitas.

Poco puedo decir del cambio que me ha supuesto borrar mi Facebook, porque en realidad, hace tiempo que había olvidado que lo tenía. Hace ya años que esta red se convirtió en una ciudad fantasma a la que uno solo acude para hacer arqueología autobiográfica, encontrar esa foto del primer diente que se le cayó a su hija y mirar con cierta nostalgia qué hacía uno un día como hoy hace diez años, cuando aún no se había mudado a Instagram. Pero a pesar de su creciente irrelevancia, si una red lo cambió todo en su día, fue Facebook: un invento que acabó con esa época en que internet era el Wild West, una vasta extensión de tierra sin ferrocarriles ni carreteras, poblada por tribus nómadas que vivían en libertad y se hacían sus chozas y sus tiendas con sus propias manos. Era la época dorada de los blogs, en que los que teníamos esta necesidad enfermiza de querer que nos lean, construíamos un sitio web en medio de la nada, buscábamos nuestro estilo y nuestra temática, y como si fuera una hoguera en media de esa gran noche que era el internet primigenio, invitábamos a los viajeros que navegaban sin rumbo a quedarse y conversar.

Internet así era un desorden, debió de pensar el joven Zuckerberg, había que ordenar el tráfico, hacer carreteras y raíles para que la gente tuviera claro a dónde ir, que es algo que en el internet primigenio nadie sabía –recuerdo a mi padre preguntándome, “pero entonces te metes en internet y qué buscas, a dónde vas”. Zuckerberg también le dio una vivienda digna a todo internauta, para que no tuviera que hacerse un blog chabolista, ni aprender bricolaje HTML. Una vivienda estandarizada, con todo tipo de funcionalidades, mensajería, álbumes, eventos, tiendas, noticias, te propone amigos, se va a rescatarlos a tu pasado si hace falta para devolverlos a tu vida, esos serán tus vecinos y además de todo eso, creó también los bares de barrio, que eran los grupos de Facebook. En poco tiempo, puso orden en el Wild West para que nadie tuviera que recorrer las vastas praderas, los bosques frondosos y los desfiladeros de ese internet virgen. Pero hete aquí que Facebook ofrecía tantas actividades y tantas formas de comunicarse, que terminó por no quedarme muy claro para qué servía exactamente y hoy ya no es más que un valioso repositorio de vídeos y fotos que empecé a compartir en 2009 y que me daba mucha pena perder… hasta que encontré una función que permite descargarlo todo en tu servicio de almacenamiento en la nube. Una vez salvada toda esa memoria digital, uno puede borrarse con la misma tranquilidad que tira a la basura el carné del videoclub que aún conserva en algún cajón.

Para mí la decisión hamletiana era cerrar mi cuenta de Instagram. Al principio me autoengañé diciéndome que bastaba con borrarme la aplicación del móvil, pero esto es lo mismo que pensar que si dejas de comprar tabaco y tener un paquete en el bolsillo, vas a dejar de fumar. Uno siempre encuentra la manera de entrar en su Instagram otra vez, mientras la cuenta exista, ya sea por el navegador del teléfono o por el del ordenador. Para quitarse de Instagram hay que borrar la cuenta, pero Zuckerberg que es muy listo y sabe que el que huye de Sodoma por lo general termina dándose la vuelta para mirar atrás una vez más, se ha inventado una opción de cierre de la cuenta que no equivale a la muerte definitiva en la red, se llama desactivación y ofrece la seguridad de poder volver a resucitar en Instagram si uno se arrepiente haberse ido. Al contrario que Facebook, Instagram no tiene opción de descargar las fotos y borrarse supone perderlo todo. Confieso que no he tenido la suficiente valentía como para borrar la cuenta irreversiblemente y me he acogido a la opción de desactivarla hasta comprobar si la vida es mejor sin IG.

A diferencia de las demás redes (y no incluyo Tik-Tok aquí, que los que fuimos jóvenes en los 90 ya veníamos avisados de los peligros de la heroína y aprendimos a no probarla) es un lugar aparentemente amable. En principio nadie entra allí a insultar ni a provocar, y conseguir en IG un like es más fácil que cortar una oreja en la feria de un pueblo. IG es el paraíso de la complacencia, uno riega a la gente de emojis 😘🤣❤️ con la misma prodigalidad con que los raperos lo riegan todo de billetes en sus vídeos musicales. Cualquier foto cursi de un atardecer es un fotón o una fotaza a la altura de Cartier-Bresson, cualquier selfie poniendo morritos merece comentarios tipo estás cañón, pibón, guapo, mazas, sex symbol, etc… Las comunicaciones en IG se rigen por el más estricto feelgoodismo, cualquiera obtiene aquí validación instantánea y aprobación acrítica de todo lo que haga, un arroz chicloso, un nuevo peinado ridículo, una foto de su cara sin maquillar, de la juerga que se corrió ayer o de su bebé gateando. Este comportamiento tan lamentable del usuario medio tiene un efecto particularmente perverso en la gente con voluntad de trascender y de publicar cosas sesudas (entre los que me encuentro, para qué mentir). Como reacción al uso frívolo y desacomplejadamente narcisista de IG, uno se dice “yo no caeré tan bajo como el atolondrado de mi primo que solo se saca selfies sudando en mountain bike, comparte fotos de citas de libros que no ha leído y escribe consejos de autoayuda sobre cómo quererte a ti mismo a pesar de lo que otros piensen de ti, jamás haré eso, yo voy a contaros los libros que leo y os haré reseña, solo pondré una foto si tiene calidad Pulitzer, no os enseñaré un selfie pero os compartiré un rinconcito particularmente bien decorado de mi casa que refleje mi buen gusto, al más puro estilo AD, y si algún día comparto un arroz, que sea verdaderamente extraordinario, de zorzales alimentados con aceitunas y cazados uno a uno con amanitas cesáreas”. Por este camino uno cae en algo mucho peor que el narcisismo desacomplejado, que es el narcisismo acomplejado, y es que el narcisismo desacomplejado de IG requiere muy poco tiempo en la elaboración de contenidos porque está desprovisto de cualquier reflexión y pesca en los inmensos caladeros del todovalismo, mientras que el narcisismo acomplejado lleva un currazo de edición y producción totalmente absurdo, que solo puede tener una compensación real si uno logra un seguimiento sustancial que pueda generar algún tipo de retorno económico. No hay derrota mayor que esmerarse en hacer buenos contenidos para Instagram y no lograr seguimiento ni repercusión, porque además de lo que escuece en términos de vanidad creativa, el perfil de uno se convierte ante terceros en la prueba de tu irrelevancia como creador de contenidos. Añádase a todas estas miserias del ego la enorme pérdida de tiempo que es IG, red en la que según estudios que he consultado cifran el promedio de uso diario en 57 minutos al día, y el daño que hace a la capacidad de concentrarse, que es clave para todo aquel que aspira a leer, escribir o simplemente conversar con alguien –incluso con uno mismo.

Llevo todo el verano sin IG, y por lo pronto puedo decir que no me ha pasado como a la mujer de Lot, sino que más bien siento una auténtica liberación al no saber lo que está haciendo nadie, ni en qué playa me quieren hacer creer que pasan los mejores días de su vida, ni que fiestas orgiásticas en islas soleadas me estoy perdiendo mientras veo llover esta tarde en el Cantábrico. También resulta liberador dar un paseo por los acantilados de Langre solo, como hice ayer, sin tener que contárselo a nadie ni hacer una foto para dejar constancia. Me doy cuenta de que desde que dejé las redes apenas he hecho fotos o vídeos, no saco ya el móvil de manera automática para compartir el paisaje que acaba de asombrarme, el clímax del concierto que me está haciendo gritar un coro o la cena de amigos que me está llevando a la ebria exaltación de la amistad. Nadie sabe qué estoy haciendo ni dónde estoy (a menos que otros me metan en sus redes), y me ahorro reproches de por qué no me visitaste al pasar por mi pueblo o por qué no me llamasteis para cenar con vosotros.

De momento esto está siendo no solo fácil sino muy placentero, aunque entiendo que el verano es ciertamente la época propicia para desconectar de las redes y quedarse colgado oliendo lo que se asa en la parrilla y pronto llegará a la mesa, mirando al ave que vuela sobre nosotros y enamorándonos de la canción con la que volveremos al verano cerrando los ojos en invierno. Me pregunto qué pasará en otoño, habrá muchas cosas que echaré de menos en IG, los dibujos digitales de Belén, las recomendaciones de libros de Bu, los anuncios de nuevo podcast de Coco Dávez, las opíparas comilonas de Luis Moreno, las pinturas de Chus, los comienzos de columnas de Juan Tallón, las reflexiones de Laura Ferrero, los looks fastuosos de Diego Grimaldi o la fiesta sin fin de Apachete. Síganles a todos y verán lo rápido que se les va una hora al día.

Uno se sale así de eso que llaman la conversación y que es todo menos una conversación real. Se convierte en el último en enterarse de dónde se tiene que ir a tomar un vermut, qué libro ha de leer, a qué exposición ir o qué viejo disco rescatar. Es decir, pasa a ser un ciudadano totalmente desinformado que llega tarde a todo, si es que llega. Creo que puedo vivir con eso: que me cuenten lo que me he perdido los enterados, pero en persona. Mi amigo Nick Coronges me dijo que para vivir bien hay que empezar a hacer la transición del FOMO al JOMO (joy of missing out). Si no lo consigo, en otoño se lo cuento por Instagram.

2 Comments

  1. Recuerdo a José Luis Sampedro, en una entrevista, decir que no tenía tele, y no por nada, sino porque le quitaba mucho tiempo, y la única forma de evitar verla era no tenerla. Eso pasa con tanta tecnología, y con tener un millón de amigos como la canción.
    Por cierto, yo de chico, me imaginaba que todo el mundo se quedaba quieto, petrificado, menos yo, y así podía entrar en tiendas de chuches a mi capricho, montar en bicicletas ajenas… ¿Es grave?

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