SUICIDIOS IDEALES

REFLEXIÓN TRAS VER EL ETNA POR PRIMERA VEZ
JULIO 2002

1

¿Exactamente cuándo muere Empédocles? Mientras cae, asfixiado por los gases—aunque eso es suponer una caída demasiado larga, una caída en que uno tiene tiempo de respirar varias veces todos esos gases hasta morir. Quizás muriera al caer en la lava (¿o magma?). Si llegó vivo a hasta zambullirse en el fondo del cráter entonces ¿cuándo murió? ¿Al sumergirse por completo? ¿Le da tiempo a dar una brazada en la lava? Pero quizá murió antes de llegar al fondo, el calor debió de ser tan grande, un horno inmenso, los pelos y la piel se le debieron chamuscar en la caída, los ojos se le quemaron al mirar abajo. ¿La mente dejó de sentir con el golpe sobre la lava o fue por el calor?
Los agujeros negros son la misma cosa. Empédocles se hubiera tirado en uno si hubiera sabido que existían (¿pero existen o son hipotéticos cuerpos ¿cuerpos?). Y entonces la misma pregunta ¿cuándo muere uno exactamente en un agujero negro? Por lo visto parece ser que la trayectoria de bajada es espiral, y que hacia el final la gravedad es tal que uno empieza a estirarse como un chicle o queso derretido dándose de sí. Pero el punto exacto en que uno muere de esta forma es realmente lo único que hay que saber.

2

Hay otras muertes interesantes, un banquete al pie de un acantilado, en la isla de Ceos. Y todos le llevan al viejo los manjares que han preparado entre llantos (aunque no todos lloraban sinceramente) y no han comenzado el banquete hasta que la galera de Fenicia les trajo un vino mejor, un vino de Siracusa, más dulce, más poderoso; y el aceite está mejor colado que de costumbre, y no tan amargo ni tan espeso, y las pinturas en las copas son nuevas, y realmente divertidas (todos miran las copas y se las pasan de mano en mano antes de llenarlas de vino, y ríen y casi por un momento consiguen olvidar su celebración), a quién se le habría ocurrido pintar a los compañeros de Odiseo convertidos en cerdos, y a Menelao abrazando a Proteo, y Proteo siendo mil formas, mil caras, mil animales, mil gestos de terror y Paris descansando con Helena sobre la sangre de dos pueblos ¿y quién no sería capaz de destruír el mundo por compartir el lecho de Helena una sóla vez? y el viejo que no sabe si sentarse de cara al mar o de cara a la tierra—no sé cual de las dos vistas es más sobrellevable o más aterradora—se prepara su pequeño discurso. Todos creen que aquellos que están a punto de morir tienen el don de la clarividencia, y él se siente profético: mira a su familia en torno suyo y sabe los destinos de todos, ya no le aflige saber la cantidad de miseria que aún queda por llegar, ve las arrugas que sus nietos tendrán, las heridas con las que serán muertos, el pene de un invasor desvirgando a su hija pequeña, y su casa una ruina que dará cobijo a las golondrinas, y su perro huérfano y sin poder comprender la muerte, sintiéndose abandonado, y su hijo mayor pesando la cosecha de este año, aumentando el ganado, creciendo. El viejo ve su muerte cara a cara, pero se da cuenta de que su muerte no tiene cara, no tiene imagen, sólo va dejando huellas en las caras de quienes le han conocido, su muerto es olvido, un soplo de eternidad que le desmigaja, le hace humo. Y quizás el Hades existe, y si existe recordará quién ha sido. Apenas le distraen los sabores, por intensos que sean, ni las dulces frutas de Abril, que si no se comen hoy mañana estarán podridas, e intenta no llorar cuando las jóvenes bailan y la lira suena, la lira, la lira ¿volverá a escuchar la música allá donde va? Y cuando termine el baile y la comida el viejo dirá adiós a los comensales, se despedirá como alguien que coje un avión hacia algún lugar lejano, como si estuviera en el control de pasaportes, el punto en que se separa de los que no volarán. Da unos cuantos pasos al frente, intenta distraerse pensando en la música que acaba de escuchar, intentando grabarla no ya en su memoria si no en su alma, para que cuando beba del Leteo no le puedan quitar esa melodía, ni el lejano recuerdo de que estuvo vivo, en la isla de Ceos.

3

Mi muerte ha de ser parecida, pero sin dolor. Antes de destruirme, destruiré los centros de recepción de dolor repartidos por mi cuerpo. Lo primero que aniquilaré será mi consciencia, después mi cuerpo, después mi recuerdo. En un desierto de arena, en el Gran Erg de Argelia, o en Libia, o en las dunas gigantes del Erg Chebbi, o en los paisajes extraterrestres del Teneré. Muy bien vestido, de chaqueta y corbata, o no, mejor con un manto púrpura de Tiro y una corona de mirtos, o con una armadura chirriante donde el cuerpo se cueza tras mi muerte. Y me haré un yelmo de explosivos, de trinitrotolueno y goma dos, y nitroglicerina, y pólvora y dinamita. Y tendré un narguile lleno de opio y de hachís, y programaré mi yelmo explosivo: unos sensores me medirán el pulso en todo momento, y cuando mi ritmo cardiaco caiga por debajo de 40 pulsaciones por minuto habrá una inmensa explosión y mi cabeza será añicos: la capacidad de sentir dolor será destruida a la vez que mi vida. Después habrá una tormenta de arena. O me comerán los escarabajos, o los zorros del derierto, o los reptiles. Tengo otra muerte también, en un barco sin remos, ni vela, ni motor, a la deriva, perdido en el Pacífico, a miles de kilómetros de cualquier isla, de vez en cuando avistaré un albatros, y pediré reencarnarme en él y sobrevolar mi propio cadáver humeante. Esta vez estaré desnudo, postrado sobre una pira funeraria en la cubierta del barco. Fumaré una pipa de opio hasta caer dormido, y al caer dormido, irremediablemente dormido, casi en coma, el fuego se extenderá por toda la pira, y desde lejos seré una llama sobre el agua, y después seré ceniza y me hundiré.

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