Jackpot

Hoy he caminado a lo más inaccesible de esta sierra con mi prima, en una fresneda apartada y sombría, que discurre a lo largo de un arroyo de difícil acceso entre colinas escarpadas, cubiertas de un bosque cerrado de acebuches. Mi prima me advierte, aquí hay unas setas muy raras, ven a verlas. Me acerco con muy poca fe y toda la pereza que me da deshacer camino, pensando que serían setas de tocón en algún tronco podrido que aquí abundan, y esto es lo que veo:

Excitado, como quien encuentra una pepita de oro, me fijo bien en el suelo, entre las desnudas raíces de los fresnos, que cubren el suelo como una red de tentáculos, y empiezan a asomar en cada rincón colmenillas de todos los tamaños. Tomo un jersey prestado y hago de él un hatillo.

En poco menos de diez minutos tenemos ya más de un kilo, no nos caben más en el jersey que hemos usado para hacer el hatillo y lo cierto es que no se deben tomar más de las que uno pueda transportar sin romper. No hay que ser avaricioso cuando el bosque obsequia tan generosamente sus tesoros: nos llevamos lo justo y dejamos mucho más para el siguiente que pase, seguramente nadie, es un lugar poco conocido que es mejor no revelar.

Basta con esto para soñar con futuras cenas. Sigo mi paseo por el monte pensando ya cómo prepararé estas colmenillas, y a quién llamaré a mi mesa para celebrarlas. La vida es poco más.

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