Historia de una foto

Antes de compartir una foto en Instagram, siempre me pregunto si tiene el más mínimo mérito fotográfico o testimonial. Esta foto la saqué el 2 de marzo de 2020 y me pareció que fallaba la composición, los naranjos de los lados están cortados. Sin embargo me gustaba la neblina sobre la colina que hay al fondo, el sfumato de ese paisaje verde que se funde con el gris del cielo, y el contraste con los colores encendidos de los geranios y las naranjas. Aunque me parecía una foto fallida, había algo en la imagen que me pareció digna de ser rescatada del inmediato olvido del carrete del móvil para pasar a ser pública y disfrutar de su minuto de fama. Un par de días después me llegó un mensaje directo de una desconocida que me sigue en Instagram, y que me pedía si por favor le podía enviar la imagen en la máxima resolución. Me contaba que esos naranjos le hacían muy feliz y que le encantaría imprimirlos y colgarlos en su pared. Yo, sintiéndome halagado, envié la foto sin comprimir al mail que me facilitó aquella mujer.

Un tiempo después, aquella persona me pidió una pequeña donación a través de una web que facilita la organización de colectas públicas para todo tipo de causas. Quería que le ayudaran a pagar el alquiler de un piso a unos familiares que se habían trasladado a la ciudad en la que ella estaba ingresada para tratarse un cáncer. Comprendí entonces que mi foto estaba colgada en la pared de un cuarto de hospital, en la tétrica planta de oncología, se había convertido en una ventana imaginaria a un mundo amable en que la naturaleza florece, fructifica y representa el ciclo de la vida.

Al cabo de unos meses, recibí la devolución de la pequeña donación que le había hecho a aquella desconocida. Le di las gracias y le dije que no hacía falta que me devolviera una cantidad tan pequeña. No recibí respuesta. Este otoño supe por un amigo al que también seguía, que había fallecido.

Estas Navidades he vuelto a ver ese patio con naranjos y geranios, frente a las suaves colinas de la Sierra de Hornachuelos, y ya el paisaje se ha transformado para siempre, e igual que fue para una desconocida una ventana imaginaria hacia la vida, para mí, que estoy en el otro lado, se ha vuelto una ventana imaginaria hacia el cuarto de la planta de oncología de un hospital, donde una enferma terminal pasa confinada sus últimos días.

A saber, una variación del tópico Et in Arcadia Ego.

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