Nietos de Lekeitio

A mí abuelo materno, que era el único de mis abuelos que no era vasco, le ponía muy nervioso y a la vez le hacía mucha gracia, que la pequeña villa marinera de Lekeitio fuera para nosotros la medida de todas las cosas y el centro del universo conocido. Si había que decir cuánta distancia había desde la casa de alguien a una determinada tienda, usábamos siempre una referencia lekitxarra: esto es como ir de la plaza al faro. Si había que hablar de cómo de buena estaba una sopa de pescado, decíamos que era casi como la que daban en el restaurante Zapirain de Lekeitio. Si había que describir el esfuerzo que suponía subir una cuesta en bici, nos referíamos a la de Mendeja. Luego ocurrían cosas paranormales, que sacaban de quicio a mi abuelo, que por más que se alejaba del pueblo jamás podía escaparse de él: por ejemplo, una vez en un viaje a Nueva York, en la puerta del hotel Pierre, mi abuela reconoció a uno de su pueblo que trabajaba allí, y más increíblemente aún, en otro viaje Camerún, el primer blanco al que se encontraron por las calles de Yaundé, fue a uno de Lekeitio que le saludó a mi abuela con la misma naturalidad con la que le hubiera saludado en la plaza del pueblo. Ayer cuando Carles Francino me hizo esta entrevista en la Ventana del SER (escuchar a partir del minuto 16) para hablar de mi libro, casi me dio un ataque de risa en antena al pensar en la cara que pondría mi abuelo al escuchar la sorprendente revelación que hizo Francino a sus oyentes: que también su abuela era de Lekeitio. Está al final de la entrevista.

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