España en busca de relato

En una de las escenas más emotivas de Casablanca, los nazis cantan un himno junto al piano del café de Rick, y los franceses allí presentes al cabo de unos segundos se arrancan a cantar su Marsellesa a todo pulmón hasta sofocar ese himno nazi. Habría que ver qué podría hacer un español de hoy en esa misma escena ¿tararear?
La España democrática carece de cualquier recurso épico. Donde los franceses o los americanos tienen sus himnos llenos de emoción para provocarse un subidón de épica nacional, nosotros tenemos una marcha militar que carece de letra. Donde ellos tienen el cuadro de Libertad guiando al pueblo francés, o la foto de Iwo Jima, nosotros tenemos tallas de Santiago Matamoros o la gélida fachada gris de El Escorial. Nuestra jefatura de Estado es simbólica más que nada, pero como símbolo es bastante triste que sea una monarquía restaurada por un dictador que murió apaciblemente en la cama, treinta años después de suprimir un experimento de república. Nuestra supuesta resistencia no tenía nada que ver con el elegante Victor Laszlo de Casablanca, sino que resultaron ser terroristas brutales y muy mal vestidos. Nuestra Historia son cien años de conquistas y cuatrocientos de lenta e irreversible decadencia imperial hasta llegar a la modernidad como país irrelevante. Las únicas gestas verdaderamente épicas que recordamos son las deportivas, que nos han dejado ese canto descerebrado cuya única letra es “yo soy español, español, español”.

Por todo esto y mucho más podemos decir que el relato de España, como nación, es tan malo que es totalmente inútil para aquellos a los que les guste meterse chutes de sentimiento épico-nacional. Podríamos suponer que esto es muy sano, puesto que un relato con tan mal sabor aleja a la mayoría de los ciudadanos de la tentación de emborracharse con él, pero lo cierto es que la carne es débil y siempre habrá personas a las que les guste emborracharse de épica a toda costa y sentirse parte de algo grande, así que si este vino es impotable, buscarán otro mejor. Y aquí es donde triunfan los buenos fabuladores de relatos, ahí tienen ustedes el relato vasco de la cultura ancestral, anterior al mismo Astérix, y el de los catalanes, otro pueblo de pasado civilizado y progresista que lleva siglos oprimido por la España negra de los Borbones, de Franco y sobre todo, de Hacienda.

El relato de España es tan atroz, que prácticamente justifica cualquier cosa que uno haga por sustituirlo por un relato mejor, donde nos dicen que tenemos un pasado distinto y un destino mejor y diferente. Así se entiende que en Cataluña o en el País Vasco se puedan retirar con impunidad cualquier signo del Estado, pitar al himno y excluir de las aulas y las instituciones al castellano, de la misma manera que el antiguo régimen hizo con las lenguas regionales. Y todo esto se hace con la connivencia de la izquierda española, porque como es lógico, la izquierda no puede defender ese relato de España en un lugar donde el relato hegemónico está trufado de grandes palabras como república, liberación, honradez y justicia social, todos ellos temas fetiche de la izquierda. De esa manera se da el absurdo de que en España se pueda ser socialista y nacionalista a la vez, es decir, se puede pertenecer a un movimiento inclusivo, igualitario e internacionalista, que busca tumbar fronteras y a la vez a otro que persigue crearlas, para liberar a las regiones ricas del lastre de las pobres, y además dividir a la sociedad entre los nuestros, y los otros, cuya expresión cultural ha de ser tratada como la amenaza de una especie invasora, tipo el cangrejo de río americano o el mejillón tigre. 

España necesita de un buen relato, y hasta que no lo tenga, seguirá sufriendo el acoso de los nacionalistas y ese desprecio generalizado hacia las instituciones que nos representan. Parecería dificil contar una buena historia dado el material disponible, pero lo cierto es que uno puede tener un pasado absolutamente nauseabundo y aún así crear un bello relato con el que la gran mayoría se sienta cómodo, tanto los de izquierdas como los de derechas, los del norte o los del sur, y si no que se lo pregunten a los alemanes. Su relato es fácil de entender: es la épica de las cosas bien hechas, de la reconstrucción desde las cenizas, de la honradez y el buen gobierno, de la tolerancia, el progreso y la apertura.

España tiene ahora mismo una gran oportunidad para construir, al estilo alemán, un relato donde la épica viene del triunfo de los valores ciudadanos:

  1. Empecemos por crear una justicia totalmente independiente, absolutamente separada del poder legislativo, y sobre todo rápida, para que en España se respeten las leyes. Habiendo vivido en Tejas uno se da cuenta de que hay cierta épica en el relato de que “aquí las leyes se respetan, en la estrella del sheriff y en el eslogan de don’t mess with Texas”. No seamos menos. Hay que meter en la cárcel a todos los corruptos y a todos los que desobedezcan la ley, sin miramientos ni mansedumbre: si hay que meter al cuñado del rey a la cárcel, a setenta diputados sediciosos en Cataluña o un ex vicepresidente, se hace aunque haya que sacar tanques o aunque con ellos caigan torres más altas. Así es como se construye una nación donde no hay nadie por encima de la ley, y eso es épico.
  2. Cuestionémonos la monarquía, es una institución que nos lleva fallando desde Carlos IV, que aglutina siempre una corte de favoritos a su alrededor y que genera una inmensa desafección en la extrema izquierda y en las regiones propensas al nacionalismo. A mi juicio no merece la pena mantener una institución de tan dudosa utilidad, que sirve de munición para construir el relato de la España antidemocrática e incorregible del que se nutren los enemigos del país. Que se someta a votación en referéndum si queremos que la jefatura de Estado sea un cargo hereditario. La república es un relato mucho más épico para una nación moderna, y España está más necesitada de un buen relato que de un buen rey.
  3. Cambiemos la educación para que se respeten los valores de una sociedad plural y abierta: saquemos la religión del currículo e impongamos el respeto al castellano para crear comunidades verdaderamente bilingües allí donde convivan dos lenguas, que desde las aulas se enseñe a abrazar la diversidad. Expulsemos de la educación pública a quienes la utilicen para el adoctrinamiento nacionalista, religioso o sexista. Fijémonos más en los franceses para estas cosas, a los ciudadanos hay que educarlos desde la escuela. Eso también sería bastante épico.
  4. Después de todo esto, hagamos un concurso público no para ponerle letra a nuestro espantoso himno, sino para inventarse uno totalmente nuevo y aprobado por una inmensa mayoría. Se podría poner música a una poesía de uno de nuestros grandes poetas, que ingenio en las letras nunca nos ha faltado. Un país necesita su canción. 

Ninguna de estas medidas requieren grandes inversiones, y el beneficio de tener un buen relato es a mi juicio muy claro, porque con él se ofrece a cada ciudadano un elogio de los valores civiles ante el que las fábulas épicas de los nacionalistas pierden su atractivo y quedan solamente reservadas a ese pequeño grupo de energúmenos que siempre disculparán a Franco, a Otegi o los colegas de la familia Pujol.

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Escrito en 2015 y revisado ayer noche

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