Elogio burgués de la biblioteca doméstica

Son ya varios amigos los que me hablan de las ventajas de tener todos esos libros que siempre han querido leerse en su dispositivo portátil, inmateriales, al fin comprimidos en un mismo artefacto, siempre a mano donde quiera que uno esté, con un texto vivo sobre el cual basta posar el dedo para obtener la definición de una palabra desconocida, para apuntar una cita que queremos recordar o para aumentar el tamaño de una letra demasiado pequeña. Jamás los textos en otra lengua fueron más accesibles.

Y sin embargo creo que cometen un error no comprando ese pesado e inútil libro de papel. Ese libro que junto con los demás, ocupan un gran espacio en una casa y más aún en una maleta, que no caben en su bolsillo y que está llenos de palabras o de referencias que les exigen acudir a un diccionario o una enciclopedia. 

La acumulación de libros digitales en detrimento de los libros físicos conducen a un tipo de hogares, de espacios familiares, donde se pierden las huellas de nuestro camino como lectores, donde ha desaparecido la historia de nuestra curiosidad. Nadie, ni vuestros amigos ni vuestros hijos, podrá saber qué cosas leísteis o aspirasteis a leer. 

Soy padre de tres hijas, la mayor tiene quince años. Hay tantos textos que quisiera legarles, tantas ideas, relatos, teorías que quisiera que consideraran. Es un esfuerzo estéril la mayoría de las veces. El simple hecho de ser su padre me convierte en una fuente sospechosa cada vez que quiero convencerles de algo: no son tontas, cualquier idea o teoría que les trato de transmitir se convierte en algo que hay que poner en cuestión por el simple hecho de que fue su padre el que se lo expuso: la resistencia a lo que yo deseo que lean y que crean o sientan es para ellas una gran oportunidad de rebelarse al control paternal de sus mentes.

Ahora que ya son demasiado mayores como para que les pueda leer cuentos a la hora de dormir, lo único que me queda es exponerles a la convivencia con una biblioteca física, para que pasen cada día, en su trayecto del dormitorio a la cocina, ante un escaparate de libros y quizás algún día alguno les llame la atención, a veces basta con recordar lomos de libros, los títulos y los autores, para que algún día emprendan una búsqueda. Es una biblioteca no muy grande e inconsistente, llena de lagunas y espejo de contradicciones, pero donde las grandes preguntas están suficientemente representadas.

Hay que poner a la vista todos los libros que permiten a nuestros hijos, a nuestros amigos y a nosotros mismos, interpretar y la evolución de nuestros intereses, de la vez que nos dio por saberlo todo sobre las palomas o sobre Christopher Marlowe, sobre los platos de cuchara, el sexo tántrico o el origen del Cristianismo. Abandonar la biblioteca física por una digital, empobrece nuestra vida familiar, reduce en gran medida nuestra capacidad de reflejar en quienes nos rodean la luz que nos llega de los libros.

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