Elogio de lo fantasmagórico

Aquí un texto apócrifo que escribí hace ya un porrón de años…


Después de siete años de servicio en la delegación de la Eastern Pacific Trade Co. en Shampala, lo que más le llamó la atención a mi amigo S. de aquella tierra lejana, es la aversión que sienten los shampalíes a los objetos nuevos. Hasta el punto –asegura S.– de que prefieren pagar altas sumas de dinero por un colchón usado y a ser posible, con alguna mancha indeleble o algún remiendo, que estrenar uno que jamás haya sido usado. Los shampalíes tienen la peculiar creencia de que los objetos nuevos absorben la energía vital del que los usa por primera vez. De hecho en Shampala el trabajo más despreciable, reservado exclusivamente a esclavos extranjeros, es el de “usador” de cosas. Los usadores son individuos cuya única tarea es usar aquellos objetos nuevos: muebles, ropajes, herramientas…
Y es que, sin llegar a al extremo de los shampalíes (un ejemplo más del poder de la superstición entre estos pueblos) es verdad que el uso imprime en los objetos un carácter y un encanto del que lo nuevo carece por completo. ¿Cuántas veces nos habremos mirado en un viejo espejo, imaginando todas las caras que se han reflejado en él? Uno no puede dejar de pensar que un viejo espejo guarda los restos de todas las miradas que devolvió a quienes buscaron su rostro en él: tanta caras perplejas ante su reflejo, que acuden a observar el florecer de las primeras barbas, a explorar la aparición de una calvicie, a comprobar los estragos del tiempo en las esquinas de los ojos, la confirmación de las arrugas. Caras que habrán ensayado frente a ese espejo una infalible sonrisa y una temblorosa declaración de amor que nunca se atrevieron hacer, caras que se habrán sentido bellas y seductoras por un perfil, y por el otro unas auténticas extrañas… Es en estos juegos que desencadenan en la imaginación, donde disfruto con gran placer del encanto de los viejos objetos.
Siempre me maravillaron también aquellas cajas viejas de nuestros mayores, que yo abría sigilosamente cada vez que penetraba clandestinamente en el cuarto de mi abuela. En esas cajas buscaba tesoros y en realidad sólo encontraba alguna plumilla oxidada, algún legajo de papel indescifrable o algún botón desparejado… pero por el simple hecho de estar contenidas en una caja antigua y polvorienta, todas aquellas baratijas abandonadas se me antojaban un extraño tesoro, y cuando encontraba un legajo indescifrable imaginaba que era un valiosísima fórmula de alquimia; y donde veía una plumilla oxidada pensaba que pudiera ser aquella con que John Milton escribiera los nombres de los demonios en su Paradise Lost. Más tarde, de adulto, siempre gusté de abandonar en aquellas cajas antiguas de mi abuela mis recuerdos, mis talismanes y cartas –de la misma manera en que ajamos un vino joven y delicado en una vieja barrica donde puedan madurar y cobrar el sabor profundo de lo viejo. ¿Acaso hay algo más estimulante para la memoria que el perder durante muchos años una carta o un recuerdo de alguien querido, para encontrarlo inesperadamente en una vieja caja, olvidada en algún trastero, y dejar que ese fortuito hallazgo atraviese nuestra memoria como un caudal, desatando sensaciones antiguas y fantasmas? ¿Hay sensación más grata que la de encontrar en una vieja caja, tras muchos años de olvido, una polvorienta invitación a un baile que nos mandara el padre de la mujer más bella del condado cuando aún éramos jóvenes? Yo propondría a los jóvenes de hoy hacer acopio de gran cantidad de cajas viejas, como si fueran apéndices de su memoria, donde pudieran abandonar aquellas cosas que quieran olvidar ahora: una carta de despecho de un amante, un poema cursi del que se avergüencen, el mechón de pelo de una mujer inalcanzable… Así, en el día de la senectud, cuando la memoria empieza a oscurecerse, y los recuerdos a desgastarse, y olvidemos los nombres de nuestros primeros amores y el ardor que suscitaban en nuestros pechos, siempre podremos abrir esas viejas cajas –como quien descorcha una vieja botella, para seguir con el manido símil del vino– y embriagarnos con esos recuerdos cuyo sabor habíamos olvidado por completo.
Está claro que a los objetos viejos y usados les suponemos la capacidad de almacenar y emanar la presencia de aquellas personas que han tenido a su alrededor. Esta sensación la experimentamos más que nunca cuando, por ejemplo, alguien muere en nuestra casa y nos resistimos durante un tiempo a usar su cama, su mesilla, su escritorio –incluso se da el caso de aquellos que deciden no tocar ni alterar en nada los objetos personales del muerto, y los dejan durante años de la misma forma que el muerto los dejó, tal y como sucedió tras la muerte del impetuoso Joseph Mortimer, Earl of Gradley, que murió sobre su escritorio mientras escribía una carta de amor muy lasciva a su amante mulata en que hacía un elogio de la anatomía de la raza negra, y su viuda, Lady Gradley, a pesar de esto y por el profundo miedo que sentía hacia su marido, jamás osó tocar una sola cosa del escritorio de Mortimer, de tal suerte que cuantos pasaban por los aposentos de Mortimer podían leer la carta obscena que Mortimer estaba escribiendo cuando sufrió su súbita muerte. Esta sensación de que el muerto (el ausente) se hace presente de algún modo en los objetos que ha tocado y ha usado es lo que entiendo por fantasmagórico: cuando los objetos han almacenado en sí mismos y emanan hacia los que los contemplan, partes de la vida de aquellos que ya no están presentes.
Efectivamente, son fantasmagóricas aquellas cosas que nos hacen sentir la presencia de otras personas que los han poseido y usado: a nadie se le escapa que los niños y algunas personas sensibles (o simplemente aprensivas y supersticiosas) sienten miedo de “los fantasmas” en casas viejas llenas de muebles antiguos.Pero, lejos de lo desagradable y temible, lo fantasmagórico es una cualidad que en mi discreto entender juzgo muy valiosa y nada desdeñable. Frente a la frialdad y falta de carácter de un objeto nuevo, a saber, una mesa recién salida de cualquier fábrica de nuestra edad moderna, ¿quién no prefiere una mesa recia y antigua, algo agrietada, con la quemadura circular de alguna tetera caliente, y los tablones marcados por la larga historia de rústicos banquetes y tardes de naipes que se han dado sobre ella? Y podríamos añadir a la lista una vieja cubertería que ha presenciado los miles de experimentos gastronómicos, fallidos o exitosos, que habrán presentado en sus banquetes tres o cuatro generaciones de amas de casa, o el viejo medallón con una figura de Cristo, que ha acumulado en sí mismo las plegarias silenciosas de los grandes momentos de cuatro o cinco vidas.Los muebles nuevos no contienen la vida de nadie. No son de ninguna manera fantasmagóricos. Están deshabitados. En cierto modo, necesitan de nosotros mismos para ser. Somos nosotros mismos quienes a través del uso que de ellos hagamos les insuflamos vida propia y les rescatamos de la uniformidad de los objetos fabricados en masa. El objeto nuevo, estrenado por nosotros, es un cuerpo sin alma, una cosa sin esencia, que espera el momento en que nuestro fantasma lo habite como un cangrejo hermitaño a una caracola vacía. El caso más evidente de este comportamiento de los objetos nuevos es el de los retratos que nos hacemos, que sólo cobran vida y albergan nuestro fantasma cuando nosotros mismos dejamos de existir.
Por todas estas razones que voy escribiendo –más como digresión que como una disertación rigurosa– querría invitar a todos mis paisanos de Dorset a que no tiren sus muebles ni objetos antiguos para sustituirlos por esta moda atroz de objetos hechos en fábricas, y según cuentan nada menos que por máquinas y no por hombres. No dejen que sus antiguas y rústicas mesas, cómodas, camas, teteras, sillas, vasijas, mazos, carros… se pierdan, puesto que en éstos objetos aún palpita la memoria de tantas vidas ya olvidadas. Seamos un poco como los shampalíes, no vivamos entre objetos sin fantasmas ni memorias.


Sir John Oldcastle
Blandford Forum, Dorset, Inglaterra. Septiembre de 1868

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