MEMORIA DEL PRIMER POEMA

Este es un texto en el que hablo de lo que para mí supuso encontrarme con Pura Sotillo, que murió ayer. Pertenece a un libro que llevo un tiempo escribiendo, sobre las primeras veces en la vida, concretamente sobre aquellas en las que alguien o algo enciende en nosotros las llamas que nos protegen de la oscuridad y que a la vez, nos consumen. Aunque habla más de mí que de Pura, sirva como homenaje y como ejemplo de lo que una buena profesora puede hacer con un alumno confundido.

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Madrid, mayo 2017

Hace un par de semanas, mi primo Pedro me envió un par de protocolarios mensajes un miércoles por la mañana, qué tal estás, qué tal las niñas, cómo va todo, noté que claramente se trataba de un prólogo de irrelevancias cariñosas para abrir el canal y decir lo que tenía que decirme: La Pura se está muriendo, me dicen que le quedan semanas de vida. Está en La Coruña, en casa de su hermano, recibiendo cuidados paliativos. No había había visto a Pura Sotillo desde la muerte de mi hermano pequeño: entró en el tanatorio y me hizo sentir una enorme paz al verla entre tantos extraños, con esa serenidad imperturbable con la que entraba en el aula por las mañanas y lo mismo me expulsaba de clase sin motivo aparente o me preguntaba cómo describiría una nube que pasaba por la ventana.   

Al poco de recibir el mensaje estaba subido en mi moto, callejeando sin destino alguno, refugiado en la hermética intimidad del casco, llorando sin afán alguno por contener el llanto, dejando a las lágrimas correr sin freno, hasta agotarse. Así me perdí por la ciudad, sin fijarme en las calles por las que iba, rumbo a una de las avenidas que atraviesan mi imaginación, en donde cada jardín, cada mansión y cada café está hecho con los versos sueltos que logré memorizar alguna vez. Allí en el primer número de esa avenida es donde habita la voz de Pura Sotillo, recitando para siempre el primer poema que cristalizó una imagen en mi mente. 

Pocas son las lecciones concretas que uno recuerda del periodo escolar: pregunto a menudo a la gente si es capaz de evocar alguna lección en particular, alguna epifanía frente a la pizarra, alguna transmisión de conocimiento que llegara de un profesor y que les golpeara con la fuerza cegadora de una revelación. Hasta ahora nadie me ha contestado con un relato nítido, con una anécdota que por ejemplo comenzara así: “siempre me acordaré del día en que don Julián nos explicó en clase de Geografía que el sol es en realidad una gran bola de fuego, y que como todo fuego, termina por consumirse y un día empezará a apagarse y a enfriarse, y con ella, la tierra quedará en una noche infinita y los mares se congelarán, de modo que tenedlo claro, todo lo que veis va a desaparecer en la más absoluta oscuridad, así que escoged bien cómo queréis pasar vuestro tiempo bajo la cálida luz de nuestro sol, pues en esta vida ni siquiera sus amaneceres os están garantizados… y nada más escuchar eso, entendí que a partir de ese mismo momento iba a hacer lo que me diera la gana, y solo lo que me diera la gana, y cogí una vieja guitarra que mi tío me había regalado en mi primera comunión y que no había tocado nunca, y empecé a tocarla, y de hecho en mi tercer álbum, la canción Cuando Se Congele el Mar, cuento un poco ese momento.”

Yo puedo describir perfectamente muchas de las aulas en las que pasé horas ausente, soñando con lo que haría cuando acabara la clase, los recovecos y las pintadas de mis pupitres, mis bolígrafos preferidos, las caras de los compañeros de clase y de los profesores, pero apenas puedo reproducir el contenido de ninguna lección. De los quince años que habré pasado en cuatro colegios diferentes, hoy sólo escucho el eco de tres lecciones. Aunque las dos primeras son una digresión respecto al tema del capítulo, me place recuperarlas aquí. Los maestros memorables merecen cualquier homenaje, por pequeño que sea: son ellos los que transportan la antorcha de generación en generación.  

La más antigua de estas tres fue una clase de Química del internado al que fui en Inglaterra. No recuerdo el nombre del profesor, pero puedo ver su cara redonda, sus entradas enormes y su frente despejada, un pelo rizado y negro, la camisa arrugada, una corbata con un nudo ancho y mal hecho. Nos estaba enseñando el laboratorio de Química del colegio, los instrumentos de los que disponía y algunos de los productos que almacenaba. En algún momento el profesor arrojó con ademanes de mago un pedazo de sodio a un contenedor de agua para sorprendernos con la reacción. Vimos atónitos un trozo de metal flotar y humear sobre el agua, derretirse ruidosamente y chisporrotear hasta desaparecer. Comprendí entonces que aquella aula no era un inofensivo simulacro de laboratorio para niños, si no que había riesgo real de envenenarse, de explosiones, de incendios. Me entró  inmediatamente la ansiedad de manipular todas esas sustancias encerradas en cajas y botes, de encender fuegos, de hacer mezclas en tubos de ensayo. Hay algo en un laboratorio que es siempre excitante, la promesa de un descubrimiento accidental, de una medicina que nos puede dar superpoderes o de líquido que puede matarnos de mil maneras diferentes. Si bien más adelante la asignatura distó mucho de ser la introducción a ese mundo de peligrosos experimentos de científico lunático, la teatralidad de esa primera lección no se me ha olvidado aún. Una explosión furtiva siempre es una buena táctica para sobrevivir en uno de los estratos accesibles de la memoria.

La segunda de las lecciones también tuvo lugar en aquel internado. Fue en el segundo trimestre, llegó un profesor de Historia en sustitución de otro que había desaparecido misteriosamente, probablemente despedido. En su primera clase apareció con un montón de cacharros, algunos viejos, algunos rotos, una pelota de tenis, una zapatilla deportiva desparejada, un jarrón roto, un mapa. Vació todo sobre una mesa y nos hizo escoger tres objetos a cada uno. Después nos dijo que imagináramos ser extraterrestres, y no conocer absolutamente nada del planeta tierra ni de sus habitantes, excepto esos tres objetos que cada uno habíamos elegido. El ejercicio consistía en escribir una descripción de lo que podíamos inferir e imaginar que era la tierra y la especie humana a partir de la observación de esos tres restos arqueológicos de los que disponíamos. Sentí un gran asombro ante la genialidad de aquella ocurrencia del profesor, tenía trece años entonces y ya daba por hecho que a partir de aquella edad en que uno deja de dibujar y cantar en clase, jamás volvería a hacer algo en el colegio que hubiera querido hacer en mi tiempo libre. En cierto modo creo que fue el primer ejercicio serio de escritura que hice, el primero que me obligó a construir un punto de vista singular, ajeno a mí y con limitaciones claras, quizás por eso no lo haya podido olvidar. 

La tercera lección, y la que mejor recuerdo, fue una de Pura Sotillo, puedo escuchar palabra por palabra, con la entonación y el cambio de timbre en su voz, con sus pausas precisas, con el paseo de Pura entre los pupitres, el vaivén de su mirada desde el libro que sujetaba hacia cada una de nuestras caras. Es un recuerdo de una nitidez perfecta, que con el paso del tiempo, lo comparo con una conversión en un momento de oscuridad. Es preciso el contexto, hay que explicar aquella oscuridad con un desvío largo antes de volver a esta clase. 

En el momento de esa lección de Pura, yo acababa de volver de aquel internado en Inglaterra, una abadía medieval perdida en un bosque del sudoeste de Inglaterra donde había apenas trescientos niños de varios lugares del mundo, donde se traficaba con discos de Led Zeppelin y Jimi Hendrix, donde al contrario que en los colegios españoles, todo el alumnado despreciaba el fútbol y el baloncesto, y donde había una cierta presión por construir la singularidad de cada uno y explorar sin miedo nuestras posibilidades para la extravagancia: se nos ofrecían constantemente iniciaciones a todo tipo de aficiones imposibles, desde domesticar comadrejas a tocar las campanas de la vieja iglesia en el Bell Ringing Society. Yo que siempre he odiado los deportes de equipo y todo lo que tenga que ver con correr detrás de una pelota, estaba allí en un territorio amigo, y la idea de volver a un colegio español donde aquel que no jugara al fútbol en el patio era un apestado, me aterraba. En el internado, llenaba mis tardes iniciando y abandonando pronto todo tipo de aficiones con el goloso empeño de aquel que trata de probar cada uno de los platos y las bebidas de un inmenso buffet, apilando platos medio llenos por todos los rincones. Así pasaba del club de improvisación teatral al taller de alfarería, y del equipo de cricket a pasar los domingos avistando aves con un viejo coronel retirado que había montado un club de ornitología en un pueblo cercano y que nos enseñaba a identificar los pájaros más comunes de los bosques de Dorset. 

Las escasas ocasiones en que se nos permitía vestir sin el uniforme escolar, todos entrábamos en una gran competición por cultivar un look diferencial y auténtico. Cada uno buscábamos en una hebilla de cinturón o en un zapato podrido la clave para convertirnos en nuestra propia marca. Los alumnos mayores, con mayor o menor fortuna, ya habían dado cada uno con su propio look, que incluía todo tipo de experimentos capilares que a los novatos nos habían estado vedados hasta ese momento, pues no sólo carecíamos de barba, sino que nuestra cabellera había estaba toda nuestra vida bajo la tutela estética de nuestras madres y sus peluqueros. Además de las múltiples posibilidades del peinado, estudiábamos bien el armario de los mayores para entender cómo se construye un look. La norma general con respecto a la ropa es que todo debía tener un aspecto usado, vivido y añejo: aquellas chaquetas heredadas de padres o tíos puntuaban doblemente a la hora de establecer la irrepetibilidad de una prenda. Por el contrario, los logos y las marcas penalizaban, sobre todo si el logo era grande, conspicuo y la marca demasiado popular. De este modo, en las primeras vacaciones en las que volví a España arrasé con los armarios abandonados de mis tíos en casa de mi abuela: botas de la mili, trenkas de ante con borrego dentro, ahí encontré un primer filón para asimilarme al código estético de aquel internado, que era exactamente opuesto a aquel código opresivo del colegio privado de Pozuelo del que venía, en que lo aterrador era desviarse de la las marcas deseables: ir con ropa heredada era humillante, llevar marcas desconocidas te hacía invisible, y la peor desgracia era ser visto con logos del supermercado -acudir al colegio con un prenda de PryCa (Precio y Calidad, hoy en día Carrefour) legitimaba plenamente para tratar con crueldad al individuo que osara lucirlo. En el tiempo que pasé en Inglaterra desarrollé una auténtica aversión a ese Madrid pijo y uniformador, de todos a jugar al fútbol en el recreo, de los 40 principales, del Barbour, los Levi’s 501, el polo Ralph Lauren, los calcetines Burlington, los zapatos Camper, el jersey Privata y la copa de Malibú con Piña en el Oh Madrid. No entendía yo entonces que aquel código de internado inglés que yo asumía con la devoción con que se memoriza un credo, no dejaba de ser el extremo del esnobismo. En Madrid bastaba con aceptar la breve lista de marcas homologadas sin pensar en lo que uno se ponía, en el internado había que buscar cada prenda como quien busca el santo grial, y después había que domesticarlas con el uso hasta darles esa pátina de lo vivido que las convierten en una segunda piel. 

Al terminar mi tiempo en el internado, cuando llegó la hora de regresar a un colegio privado de Madrid, decidí pertrecharme de todas las prendas y estandartes posibles para ejercer una resistencia estética y cultural. Pocos días antes de terminar el curso compré toda la ropa, los discos y posters que pude a los alumnos mayores que dejaban el colegio para la universidad: rollos de posters de Jefferson Airplane, Led Zeppelin y Black Sabbath, chelsea boots desgastadas, unos blucher de ante en avanzado estado de descomposición, con doble pespunte y todo tipo de perforaciones ornamentales, una camiseta de Easy Rider y otra de los Doors con agujeros en el sobaco y una especie de híbrido entre huipil guatemalteco y jersey muy lisérgico que Robert Plant no hubiera despreciado para salir al escenario. Recuerdo meter todas las prendas, discos y posters en mi maleta con un ánimo similar al que le supongo a un mercenario antes de dirigirse al combate.

La vuelta a Madrid fue una trágica profecía autocumplida. Había decidido de antemano que todos los alumnos del nuevo colegio que mis padres habían escogido para que terminara BUP y COU eran irremediablemente imbéciles. Iba sin esperanza alguna, con el ánimo resignado de un sentenciado que ya conoce la longitud de su pena, que sabe que los próximos años de su vida son años perdidos, y que en los días antes de ingresar en el penal trata de endurecer su ánimo y fabricarse una coraza para que todo le resbale. Del nuevo colegio sabía muy poco, pero consideraba que los datos que tenían eran suficientes para corroborar mis expectativas: era un colegio español, el primero al que iba, tenía un nombre de virgen, Santa María de los Rosales, estaba en Aravaca, según me decían los alumnos eran aquello a lo que algunos se refieren como gente bien de toda la vida y de hecho el príncipe de Asturias había estudiado allí. En definitiva, un auténtico gulag para un hijo del rock and roll como yo me consideraba entonces. En los días previos al inicio del nuevo curso, mi única preocupación era forrar mi carpeta con recortes de revistas de rock y postales de grupos que me había costado muchísimo juntar: ahí estaban Led Zeppelin, The Doors, Jimi Hendrix, Grateful Dead, como el ornamento heráldico del escudo del guerrero. Sentía esa carpeta como toda una declaración de principios, la mejor presentación de lo que yo era y defendía, frente a ese rebaño al que no pensaba pertenecer. 

La llegada al colegio fue desoladora. Como no jugaba al fútbol ni al baloncesto, no tenía posibilidad alguna de construir vínculos con otros alumnos a través del deporte y como tampoco fumaba, no formaba parte de aquella comunidad underground de los que buscaban el rincón más apartado para echarse un pitillo junto a las chicas malas de clase. No me quedaba otra que deambular solo por el patio, sin nada que hacer ni nadie con quien hablar, tratando de mantener la distancia con los únicos que se me aproximaban, aquellos niños marginados y torpes como yo que tampoco jugaban a ningún deporte y que en todos esos años no habían conseguido encajar en ninguna cuadrilla, leprosos sociales que miraban a los nuevos con ojos mendicantes y la esperanza de encontrar al fin un amigo con el que escapar al cruel aislamiento en el que viven los niños raros. Era peligroso pasar demasiado tiempo con ellos, cuanto más te vieran en su compañía, más riesgo había de contraer la incurable lepra de la impopularidad, enfermedad que me haría invisible e intocable para las chicas del colegio y que alejaría definitivamente la posibilidad del sexo. Debía quedar claro que era yo quien estaba marginando al colegio entero, por absoluta falta de interés en todos ellos, y no al revés. Era importante pues, no pasar inadvertido: había que manifestarse. No perdía una sola oportunidad de exhibir símbolos en toda superficie que pudiera soportarlos: carpetas, cuadernos, libros de texto, camisetas interiores, incluso dibujaba los bordes de las suelas de los zapatos y los decoraba con símbolos de anarquía, paz, emblemas de grupos de música, runas, lo que fuera, y cuanto más críptico mejor. El rock psicodélico, con su estética y sus vagos mensajes, era lo que más deseaba irradiar entre ese grupo de muertos vivientes que me rodeaba, no tanto para hacer conversos, sino para que supieran quién era yo, cuál era mi credo y qué sonaba en mi cabeza. No me bastaban las fotos, las camisetas y los dibujos, ansiaba la oportunidad de poder poner mi música a todo volumen, para que todos la oyeran como si fuera la llamada a la oración de un almuédano, no había en mí entonces más contenido que las absurdas letras de The Doors o de Led Zeppelin. Los niños hablaban del devenir de la liga, de los crecientes pechos de alguna niña, del último cómico de la televisión, los profesores hablaban de oraciones compuestas, de los neandertales o de las placas tectónicas y yo era incapaz de prestar atención a nadie en ese colegio, porque nada de lo que dijeran podía tener ningún interés para mí mientras no fuera capaz de resolver lo que el asesino madrugador de la canción de The End quería decirle a su madre después de haberle dicho a su padre que le quería matar. 

En medio de esta condición de absoluta alienación y aislamiento a la que me había resignado, tuvo lugar aquella clase memorable de Pura Sotillo que he mencionado anteriormente y que de algún modo fue el inicio de un cambio de actitud. Habría que seguir por un breve retrato de Pura. Era una mujer más bien fea, con la nariz ligeramente curvada y algo de papada. Era imposible determinar su edad, parecía haberse parado en el tiempo, de esas personas que parece que nunca han sido jóvenes y que sin embargo tampoco parecen envejecer. No era ni alta ni baja, llevaba el pelo corto y siempre con el mismo peinado y el mismo color. Su ropa era indiferentemente diferente, podría cambiarse de ropa diez veces y siempre parecía vestida igual, pantalón, blusa y jersey de colores discretos, lejos de cualquier adorno o extravagancia. Su tono de voz era algo impertinente, no hacía esfuerzos por resultar simpática ni por ganarse a los alumnos conectando con sus gustos o inquietudes, es más, claramente huía de la figura del profesor enrollado y no tenía ningún reparo en ridiculizar cualquier manifestación de la estupidez humana que se producía en el aula: imitaba el gesto bobalicón de aquella alumna coqueta de larga melena que no dejaba de atusarse el pelo en clase, el balbuceo inseguro de un alumno que no es capaz de explicar en público a una pregunta sencilla (eh el complemento directo es… eh… a ver… eh… es eh…). Su asignatura era árida y temida: Lengua y Literatura, en un año escolar donde tenía más peso el análisis sintáctico de las oraciones que la propia lectura. Desperdigados entre montañas de ejercicios de lengua y tediosas explicaciones sobre las figuras del lenguaje, los sintagmas, morfemas, artículos y demás cosas que pronto olvidamos en la vida y cuyo estudio a esa edad genera más desinterés que curiosidad hacia la lengua, había en el libro de texto una magnífica selección de poemas en lengua castellana. En un primer momento los poemas me pasaron desapercibidos, perdidos como estaban en ese lodazal de ejercicios y explicaciones, a menudo acompañados de unos sobrios dibujos de línea negra, muy anodinos de los poetas, que los representaban casi como columnistas del ABC, tipos de traje, empollones, a menudo con gafas y bigotes, sin ningún glamour. 

Pura nos hizo abrir el libro por una página en que había una ilustración de un tipo calvo, viejo y con gafas de montura gruesa. Un tal León Felipe. Junto a la ilustración, un  poema titulado Romero Solo. No le hizo falta mandarnos callar, bastó con que leyera el título para que se hiciera un silencio expectante. Empezó a recitar. Yo estaba dibujando algo en la esquina de un libro, pronto dejé caer el lápiz, conmovido y me puse a escuchar. Copio aquí el poema.
Ser en la vida romero,
romero sólo que cruza siempre por caminos nuevos.

Ser en la vida romero,

sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo.

Ser en la vida romero, romero…, sólo romero.

Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo,

pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,

ligero, siempre ligero.
Que no se acostumbre el pie a pisar el mismo suelo,

ni el tablado de la farsa, ni la losa de los templos

para que nunca recemos

como el sacristán los rezos,

ni como el cómico viejo

digamos los versos.

La mano ociosa es quien tiene más fino el tacto en los dedos,

decía el príncipe Hamlet, viendo

cómo cavaba una fosa y cantaba al mismo tiempo

un sepulturero.

No sabiendo los oficios los haremos con respeto.

Para enterrar a los muertos

como debemos

cualquiera sirve, cualquiera… menos un sepulturero.

Un día todos sabemos

hacer justicia. Tan bien como el rey hebreo

la hizo Sancho el escudero

y el villano Pedro Crespo.
Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo.

Pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,

ligero, siempre ligero.
Sensibles a todo viento

y bajo todos los cielos,

poetas, nunca cantemos

la vida de un mismo pueblo

ni la flor de un solo huerto.

Que sean todos los pueblos

y todos los huertos nuestros.
Cuando una persona sabe bailar, no importa lo vieja, lo gorda o lo fea que sea, hay una cierta belleza que se manifiesta en ella, en la gracia de sus movimientos: su cuerpo de repente encaja en la estructura rítmica de la música y forma parte de ella, encarna la invitación de toda música de baile a participar de su alegría, captura nuestra atención y nos llama a unirnos, a abrazar sin miedo a un desconocido. Ocurre algo similar con aquellos que saben recitar poesía: las palabras cobran vida, se llenan de sensaciones, sentimos la fuerza de las imágenes, las pausas y silencios adquieren sentido y tensión, y la persona que recita recibe la autoridad de un profeta y se convierte por un momento en un instrumento de las musas, como un hierro que con el contacto con un imán, adquiere el poder del magnetismo. Pura en ese momento dejó de ser una mujer fea, antipática y anodina, para convertirse en una voz maravillosa con el poder de hacer desaparecer por un momento todo lo que me rodeaba y todos mis pensamientos, y construir un instante en que solo existía un poema que me revelaba verdades que sentía como auténticas y trascendentes. Recuerdo bien la sensación de ebriedad que me provocó aquel poema recitado, sentí entonces el inmenso deseo de poder leer así un poema, de poder expresar lo que pensaba y lo que sentía con un verso, de poder depositar en la mente de alguien imágenes tan contundentes, tan precisas, tan cargadas de verdades. Llegué a mi casa esa noche con la mente hirviendo, me encerré en mi cuarto a escribir en mi diario, mi primera reacción fue de total rechazo hacia Pura. Me resistía a aceptar que algo tan conmovedor como aquella poesía pudiera ser recitado de manera tan certera por aquella profesora tan gris, y en aquel colegio al que despreciaba, hice una caricatura de ella, donde la pinté tan fea como pude, gritando con la boca muy abierta, de ella salía la palabra poe$ía, escrita con un dólar, y al lado escribí un alegato infantil contra el secuestro de la poesía por personas como Pura, agentes de un sistema gris, que despreciaba todo lo trascendente y todo lo auténtico. Y sin embargo, era gracias a Pura que yo me asomaba por primera vez a todo lo que hay bajo la superficie de un poema y empezaba a entender qué era la poesía, pues hasta entonces, para mí no era más que la técnica de escribir con rimas.

A partir de aquel día esperaba la clase de Pura como el momento más importante de la jornada escolar, siempre con la esperanza de que recitara otra vez. Tardé poco en leer todos los poemas de aquel libro de texto, algunos de ellos los aprendí de memoria y los sigo recitando como recita el credo alguien que acaba de convertirse. Me asombraba descubrir que en aquel libro de texto y que en la voz de aquella profesora estaban en su máxima expresión todos los mensajes que buscaba en las letras de los grupos de rock que por entonces veneraba. La contradicción para mí era enorme, había encontrado en la clase de lengua de aquel colegio de Madrid un elixir más potente que el rock para resistir al impulso homogeneizador de una sociedad llena de mecanismos para domesticarnos. Ni los Sex Pistols, ni los Damned, ni los Clash, ni los Stooges eran capaces de conectar con toda la rabia que yo sentía hacia el mundo como lo era aquella señora aparentemente anodina, con su rebeca, su blusa y sus mocasines negros cuando recitaba este poema de César Vallejo que también estaba en mi libro de texto:

Estáis muertos.
Qué extraña manera de estarse muertos. Quienquiera diría no lo 

estáis. Pero, en verdad, estáis muertos, muertos.
Flotáis nadamente detrás de aquesa membrana que, péndula del 

zenit al nadir, viene y va de crepúsculo a crepúsculo, vibrando ante la 

sonora caja de una herida que a vosotros no os duele. Os digo, pues, que 

la vida está en el espejo, y que vosotros sois el original, la muerte.
Mientras la onda va, mientras la onda viene, cuán impunemente se 

está uno muerto. Sólo cuando las aguas se quebrantan en los bordes 

enfrentados y se doblan y doblan, entonces os transfiguráis y creyendo 

morir, percibís la sexta cuerda que ya no es vuestra.
Estáis muertos, no habiendo antes vivido jamás. Quienquiera diría 

que, no siendo ahora, en otro tiempo fuisteis. Pero, en verdad, vosotros 

sois los cadáveres de una vida que nunca fue. Triste destino el no haber 

sido sino muertos siempre. El ser hoja seca sin haber sido verde jamás. 

Orfandad de orfandades.
Y sin embargo, los muertos no son, no pueden ser cadáveres de una 

vida que todavía no han vivido. Ellos murieron siempre de vida.
Estáis muertos.

Fue ese año en que con el mayor de los secretismos, y con mucho pudor, empecé a escribir mis propios poemas, algo que aunque de manera inconstante y sin disciplina, no he dejado de hacer desde entonces -incluso me publicaron un libro de poemas en una editorial decente, libro que dediqué a Pura en agradecimiento por “poner una zanahoria delante de este burro”. Como recitador he sido mucho más constante, o quizás mucho más pesado. Me gusta empacharme de versos, con el mismo desenfreno que me desata un buen vino o un buen banquete, las veladas en mi casa terminan a menudo con varios libros de poesía tirados por la mesa y los sofás, recito hasta que me piden que calle -petición que nunca atiendo- e incluso hasta expulsar a la gente de mi casa -oh no, Jacobo, está sacando los libros de poesía, es hora de irse. Tengo claro que a partir de cierta hora es preferible escuchar a los poetas que escuchar a los borrachos, aunque haya que escuchar a los poetas en las bocas de los borrachos, el vino y la poesía van de la mano. Ya lo decía Baudelaire: enivrez-vous sans cesse! De vin, de poésie ou de vertu, à votre guise. Mis all time greatest hits para esas noches no dejan de ser los que nos leyó alguna vez Pura, y mi rango de acción, desde que existen los móviles, se ha extendido a cualquier lugar con cobertura de internet que me permita bajar un poema y leérselo en la oreja al pobre comensal que le haya tocado sentarse conmigo en una sobremesa. Me pasa que esos primeros versos que lograron asentarse en la memoria, con el tiempo se han ido convirtiendo en un gran estuche de filtros que no dejo nunca de aplicar a paisajes, rostros, sensaciones o experiencias, de una manera parecida a como funcionan los filtros de la fotografía digital. El poema de León Felipe en particular, me ha acompañado en momentos críticos y me llega siempre con la voz de Pura. En mi boda, yo que no soy creyente, escribí y leí los ruegos de la ceremonia religiosa, “para que nunca recemos como el sacristán los rezos”. En el entierro de mi hermano Roque, en Lequeitio, yo mismo vacié la urna con sus cenizas en el hoyo, y me venía a la mente eso de que “para enterrar a los muertos como debemos cualquiera sirve, cualquiera… menos un sepulturero.” 

Pura, además de la profesora de Lengua, dirigía durante los recreos la revista del colegio, el Mercurio. Un día me presenté en su despacho, receloso, y le presenté un artículo provocador titulado “el Rock ha muerto”, y que identificaba como la principal causa de defunción del genero el postureo de las inofensivas legiones de fans de grupos inauténticos como Guns ’n’ Roses, la banda favorita de la mitad del curso. Esperaba su censura, para obtener así la confirmación de que no había un lugar para mi visión del mundo en aquel colegio, y ella sin embargo me ayudó a corregir el artículo y a trabajarlo para poder incluirlo en la siguiente edición de su revista. Creo que allí empezó mi implicación y mi participación en la vida de aquel colegio que tanto me dio y tan paciente fue conmigo sin que yo lo comprendiera. Mientras escribo esto y escarbo en la memoria para reconstruir con nitidez qué supuso para mí el descubrimiento de la poesía, y de la escritura, en ese momento tan cerrado y oscuro de mi adolescencia, se me hace cada vez más nítido la gratitud que le debo a Pura. 

Hace poco viajé a La Coruña, donde Pura pasaba sus últimos días en casa de su hermano. Iba con un buen amigo, antiguo compañero de clase, y con mi primo pequeño, también ex alumno suyo. Los tres íbamos a despedirnos, antes que nosotros ya habían ido a visitarla otros sesenta y tres antiguos alumnos, algunos de cincuenta años, otros de veintiuno como mi primo. Yo quería contarle a Pura todo lo que he rumiado aquí, necesitaba decirle hasta qué punto todo lo que me había dado ha resultado importante en mi vida, hay deudas que solo se saldan expresando gratitud y gente que no podemos dejar ir sin decir adiós y gracias. Antes de subir a su casa nos bebimos unos vinos en la comida, me fumé un puro y lloré desconsoladamente un buen rato mientras explicaba a mi primo pequeño algunas de estas cosas que aquí cuento. Mi amigo me decía que así no podía subir a ver a Pura, lo iba hacer todo muy difícil. Cuando consideré que había llorado todo lo que me tocaba llorar, subimos a la casa del hermano de Pura y nos sentamos con ella a charlar. Yo no fui capaz de decirle nada de lo que habría querido decirle, las casi dos horas que estuve con ella las pasé prácticamente en silencio y bastante bloqueado. Pura habló de la actualidad, de política, de viejas anécdotas del colegio, trastadas, amores de clase, nos preguntó por nuestras familias. Cuando llegó la hora de marcharnos, sentía una inmensa angustia por no haber sido capaz de decirle absolutamente nada de lo que tenía preparado en mente, y según nos acompañaba a la puerta de su casa, me derrumbé y me puse a llorar como un bebé. La abracé con fuerza y no pude decir ni adiós, sabía que no la volvería a ver nunca. Luego al día siguiente Pura me escribió un mensaje diciéndome “guardo tus lágrimas en mi corazón”, y comprendí así, que fue esa incapacidad para hablar y mi estallido final la manera en que logré decirle lo que de verdad habría querido decir. Me pasa que he aprendido a utilizar las palabras lo suficientemente bien como para que cualquier expresión demasiado elocuente de un sentimiento me suene ya a elaborada y falsa. Solo el llanto espontáneo me alivia. 

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