La deslegitimación del nacionalismo

Varios astronautas han descrito un cambio radical y automático en su concepción del mundo tras contemplar la tierra desde su nave. Ven una esfera diminuta, suspendida en una oscuridad insondable, sin más protección que una fina capa de aire para protegerse de radiaciones letales y asteroides kamikazes, y entienden entonces la inmensa fragilidad de esa extraordinaria excepción que es la vida en la tierra. Este fenómeno fue bautizado ya hace tiempo como efecto perspectiva (overview effect). Quienes lo han experimentado vuelven a la tierra cambiados, no encuentran ya ningún sentido a las divisiones políticas que los humanos han inventado para separarse en países, ideologías, razas, clases sociales, religiones y demás grupos permanentemente enfrentados. Sienten desde ese momento una necesidad imperiosa de evangelizar a los habitantes del planeta para que se unan y se organicen con el fin de preservar el milagro de la vida en la tierra. Cualquier otra causa les parece absurda. Los que no hemos ido al espacio y no hemos visto la tierra desde lejos tenemos ejemplos en la ficción para poder entender la frustración que sienten los que han experimentado el efecto perspectiva ante absurdas divisiones terrenales que consume los esfuerzos de una humanidad que da la espalda a las verdaderas amenazas. Ilustra bien este drama la serie Juego de Tronos, en la que vemos a varios señores feudales tan absorbidos en sus luchas rutinarias por imponerse en sus respectivos terruños, que no son capaces de atender las advertencias sobre la verdadera amenaza que les acecha, los White Walkers.

El gran desafío de nuestra época no es muy diferente al de Juego de Tronos: son muchos ya los que en mayor o menor medida entienden que la humanidad en su conjunto se enfrenta a amenazas globales que podrían exterminarnos y a las que solo podemos enfrentarnos desde la unión en la acción, pero lamentablemente son más los que siguen enfrascados en sus luchas por el terruño. 

Son muchas las amenazas globales, ya las conocen, para mí fundamentalmente son dos: el cambio climático y la robotización del trabajo. Este año se han registrado las temperaturas más altas desde que existen registros. Como no soy científico no trataré de describir los diferentes escenarios que predicen los expertos, pero diría que a un lego como yo le basta para intuir la dimensión aterradora de esta amenaza con ver en las noticias de cada día esos inmensos icebergs del tamaño de un país europeo que se desprenden de los polos, esos glaciares menguantes, esos lagos desecados del interior de Asia o los millones de refugiados climáticos que huyen de tierras desertificadas y que se ahogan en nuestras fronteras. La robotización del trabajo, o más bien las consecuencias de una mala gestión de la robotización del trabajo, es algo sobre la cual me siento más capacitado para hablar, aunque no deja de ser un asunto cuyo análisis requiere una gran dosis de especulación y de capacidad para la ciencia-ficción, y sobre lo que en realidad sé bien poco. En todo caso, está cada vez más claro que muchos de los oficios que conocemos desaparecerán y que cada vez será más difícil generar rentas y tributos a partir de las habilidades ordinarias de los humanos, y que por tanto, enormes masas de población quedarán desempleadas sin que esté claro cómo los estados generarán ingresos para mantener a los desempleados, sobre todo aquellos estados donde no tengan su residencia fiscal las grandes empresas digitales que van a reemplazar con sus servicios a los trabajadores. 

En paralelo a estas amenazas reales que afectan a todo lo que pulula sobre la tierra y bajo el mar -a excepción parece ser de los tardígrados- existe una amenaza intangible, de índole psicológica y no por ello menos real, que es la que constituye el conjunto de ideas y sentimientos que nos impiden reaccionar unidos como especie para evitar nuestra extinción en masa y para lograr un nuevo pacto social en la era digital, que es una era irremediablemente global. La lista sería larga, pero yo pondría a la cabeza de todo este conjunto la idea misma de nación, un concepto antiguo y cada vez más caduco, que sirve esencialmente para dividir a la humanidad en grupos definidos mediante la exaltación colectiva de las pequeñas diferencias, otorgar a cada uno de estos grupos un territorio concreto de esta tierra, protegido por fronteras cada vez más impermeables y prometerles herramientas de autoconservación y un destino universal y compartido. El concepto de nación pudo haber sido útil en otros siglos, para agrupar a las clases más desfavorecidas en una comunidad de derechos y hacer frente a los tiranos, pero en el siglo XXI, cuando existe ya un amplio consenso sobre lo que debieran ser los derechos humanos universales, la organización de la humanidad en naciones no solo permite privar u otorgar derechos a los habitantes del planeta según su procedencia, sino que además fomenta la competición por los recursos naturales, y posicionamientos regionales y cortos de miras frente a las amenazas globales. El último ejemplo de esto lo tenemos en la retirada de EEUU del Pacto de París. En la época de la colaboración, que no de la competición, la desconexión de los demás y la construcción fronteras ya no sirven, ni siquiera son posibles más que como promesas incumplibles que abocan a la frustración. 

Creo por todo esto, que el nacionalismo, como corriente de pensamiento que promueve la conciencia de grupo cerrado, la idea de frontera y de derechos exclusivos que emanan del lugar de origen, debe ser deslegitimado y combatido, con el mismo ímpetu que en los últimos años se ha combatido el machismo, el racismo o la homofobia. Los grandes problemas a los que nos enfrentamos en nuestro tiempo son esencialmente globales, y las únicas soluciones posibles serán globales. Si los derechos a los que aspiramos son universales, ¿es legítimo aspirar pues a tener derechos diferentes a los demás pobladores del planeta por haber nacido en un determinado lugar, hablar determinada lengua, ser hombre o mujer, tener un color de piel diferente o apellidarse de alguna manera? Son muchos los que están en el campo del sí, y tengo claro que los que se encuentran en ese campo no pueden considerarse progresistas ni humanistas. 

Por todo lo expuesto, y ya descendiendo al espacio tan restringido en el que soy ciudadano de pleno derecho, España y en menor medida la UE, me indigna la postura de los supuestos líderes progresistas de mi país y de Europa ante el discurso nacionalista, ya sea catalán, vasco, gallego, español, escocés o flamenco. El diagnóstico que hacen es que es una enfermedad crónica e incurable, y la terapia que ofrecen es el apaciguamiento mediante una asimilación parcial de las aspiraciones nacionalistas. Esto ya solo se arregla, me dicen, con reconocimientos del derecho a la autodeterminación, a las aspiraciones nacionales, al reconocimiento de la nación. No oigo voces que se propongan deslegitimar políticamente el nacionalismo como proyecto retrógrado, reaccionario e injusto. Quienes combaten los desplantes del nacionalismo, desde el Estado, lo hacen solamente con el uso de las leyes, pero no hacen jamás ninguna pedagogía para deslegitimar el nacionalismo, probablemente porque muchos de ellos son nacionalistas también. La defensa de la ley para combatir los abusos del nacionalismo es fundamental, pues la ley es lo que nos hace a todos iguales, pero hasta que los ciudadanos entiendan que la única patria por la que deben luchar son las leyes y no el terruño, hay mucho que hablar y mucho pedagogía por hacer, y hasta que no haya un partido político que asuma el reto de deslegitimar el nacionalismo, todos los nacionalismos, no habrá en España un partido progresista. 

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