EXPERIENCIA DEL PRIMER AMOR

Cuando me enamoro lo guardo todo. He llegado a guardar desde vello púbico hasta el billete de autobús que me llevó a casa de tal chica el día en que acabé besándola. Tengo cajas y cajas de cartas, diarios, de fotos, mechones de pelo, entradas de conciertos, servilletas dibujadas. Hay objetos cuyo origen o significado he dejado de recordar, una piedra, una flor seca, un trozo de tela, no alcanzo ya a recordar qué es lo que quise recordar cuando los guardé en una caja. Hay incluso cartas de varias páginas que encabecé con vocativos cursis en vez de nombres, y que no sé ya a quién estaban dirigidas. Siempre tuve un afán por transferir algo del sujeto amado a un objeto permanente que pudiera atesorar para siempre, y quizás ni siquiera era el sujeto amado lo que trataba de retener con un objeto, sino el propio tiempo en que amé. 
De niño los amores y las amistades me resultaban muy transitorios, los niños tienen tan poco control sobre su vida, de repente uno se mudaba, o se cambiaba de colegio, o le apuntaban a karate y ya no se coincidía más en el parque, y todo se acababa para siempre. Y cuando las cosas tenían una cierta permanencia, las relaciones degeneraban pronto en monotonía, se cansaba uno de la otra persona, o la otra persona de ti, los meses eran eternidades, bastaba con que un tercero propusiera un nuevo juego para provocar un cambio de lealtades entre los que querían seguir jugando a polis y cacos, y los que preferían jugar al baloncesto. En definitiva, siempre tuve claro, que el amor correspondido era un estado fugaz, y más fugaz aún el tiempo del amor, ese en que el sujeto amado y uno mismo reconocen su amor y se relacionan como novios, pues se podía amar y ser amado durante mucho tiempo y solo cruzarse miradas de un lado a otro del autobús escolar sin haber hecho nada más que eso jamás. 

Desde donde recuerdo siempre he tenido o bien una novia, o si no, al menos una amada. Estar enamorado en todo momento constituía una de las preocupaciones centrales de mi vida, es algo que constato ahora, leyendo diarios antiguos. Recuerdo así muchos primeros amores, los empecé a apuntar todos en un pequeño diario con tapas de madera y un corazón asaetado en la portada que decía “Nuestras Fechas”, y que abajo tenía una cita de Antonio Machado: “poned atención: un corazón solitario no es un corazón”. Me lo regaló Paula por mi noveno cumpleaños, una niña rubia con la cara redonda, con la que pasaba mucho tiempo jugando a solas en el patio del colegio y a la que consideraba mi novia. A ella no le gustaban los juegos de niñas, ni a mí los juegos de niños (que en realidad se reducían a uno: fútbol), de modo que era una unión bastante conveniente, aunque duró poco, pues ella se cambió de colegio y jamás la volví a ver. Ni siquiera en Facebook. 

Con aquel diario que me regaló Paula hice grandes descubrimientos, descubrí lo que era la intimidad y lo que era la introspección, el hablarse a uno mismo utilizando el papel como interlocutor. Como el diario estaba concebido temáticamente para hablar de amores, no se me ocurrió tocar ningún otro tema en él. En cada curso me enamoraba un par de veces, en verano llegaba a un campamento e inmediatamente decidía de quién debía enamorarme. En apenas dos años, hay páginas escritas sobre siete niñas, bastante ilustrativo de esta compulsión por enamorarse es una página que abre así: “Dia 2 de julio de 1986, voy al campamento y al instante me enamoré de Cristina A., (…) También me he enamorado de Pía y Sol.” Apenas recuerdo a ninguna de las personas que figuran en las primeras páginas del diario, ninguna dejó la impronta profunda del primero amor. De repente el diario tiene una página en donde solo pone Kay J. Bason, y a continuación hay una serie de gruesos sobres con bordes tricolores, azules, blancos y rojos, en los que pone “Mit Luftpost / Par Avion / By Airmail”, que contenían las larguísimas cartas ilustradas de Kay, cartas casi deshechas de tantas veces que las leí y las releí. 

Sólo coincidí con Kay nueve días a mis diez años, pero fueron suficientes para recordarla con más viveza que a la mayoría de personas que dejaron de estar en mi vida antes de ese tiempo en que empezamos a construir la memoria de nosotros y el relato de quiénes somos, allá por el comienzo de la adolescencia. 

El momento más esperado del año era Semana Santa. Subíamos con nuestros padres a un tren que hacía un trayecto interminable lleno de paradas por todos los pueblos al sur de Madrid, hasta dejarnos por fin en la poco concurrida estación de Palma del Río, junto a la ermita de Belén. Ahí nos esperaba, en medio de la noche, un Land Rover Santana cubierto de polvo, con dos incómodos bancos corridos enfrentados, que recordaban a un vehículo para transportar soldados. Al contrario que ahora, en esa época nadie tenía un todoterreno si no era para ir por caminos de tierra y barro, y aquel coche era para nosotros la promesa de una aventura. 

El Santana cruzaba el puente sobre el Guadalquivir y atravesaba un pueblo de casas bajas y humildes, sin edificios destacables, hasta llegar a un recinto rodeado por unos inmensos muros blancos sobre los que solo asomaban unas palmeras que por su altura debían de tener cientos de años. En el centro de uno de aquellos muros había un gran portón, metálico y corredizo, con una pequeña puerta para peatones. Al acercar el coche se escuchaban unos rugidos que la imaginación solo podría atribuir a una bestia sedienta de sangre humana. El conductor se apeaba entonces y se esforzaba en pasar con sumo cuidado por esa puerta, abriéndola mínimamente, para evitar que aquella presencia inhumana tras el portón escapara y devorara a cualquier incauto. Esa llegada era siempre un momento de tensión que marcaba el inicio de la aventura, yo jamás daba por hecho que el conductor pudiera sobrevivir a la operación de despejar el camino y abrir la puerta. 

-El otro día agarraron a la Kay en el muslo, porque llegué bien rápido, que si no a lo mejor no lo cuenta- comentó el conductor.

-¿Quién es la Kay?- preguntó mi madre.

-La profesora de inglés de las niñas… La dieron puntos y todo, le coge un poco más abajo del muslo y…-

-Qué horror.-

Eso fue lo primero que supe de Kay, que era la única superviviente conocida de un ataque de las bestias tras el portón: Atila y Hatch. Conviene explicar que Atila y Hatch eran los dos animales que más horror nos han inspirado a mis hermanos y a mí. No ha habido un monstruo en ninguna película de terror que pudiera asustarnos más que esa pareja de perros guardianes, creo que hubiéramos preferido quedarnos solos a bordo de la nave Nostromo con el alien, que a merced de esta pareja canina. Atila era un corpulento mastín de color gris claro, probablemente más pesado que nosotros en aquel entonces, con un ladrido formidable, pero no era ni la mitad de temible que su compañero Hatch, un perro viejo, totalmente negro, con un débil ladrido afónico, estaba ya casi mudo tras una vida de ladridos, y prefería aguantar la mirada, contraer los labios y enseñar los dientes mientras emitía un gruñido grave y sostenido. Ambos pasaban el día rugiendo y ladrando en una pequeña jaula, y solo aquel conductor del Santana, que además tenía muchos otros oficios, podía darles de comer sin ser devorado, abrirles la jaula de noche y volverles a encerrar por la mañana. 

Cuando por fin los perros estaban enjaulados, se abría el portón verde y el Santana entraba en el recinto, ahí se levantaba una gran fachada blanca y desnuda, abierta por debajo por un arco con una bóveda cruzada, que daba a un patio inmenso. Esa bóveda estaba pintada con un fresco antiguo que representaba entre flores, frutas y guirnaldas, la imagen beatífica de Fray Junipero Serra, cuchillo en mano, amputándole una pata a un cerdo vivo que trata de escapársele. Estábamos por fin en el Monasterio de San Francisco, un enorme edificio blanco del siglo XIV, mitad abandonado y en ruinas, y mitad habitado por la familia de Don Alonso y otras familias que trabajaban para ella. De algún modo extraño, aquel monasterio a veces me recordaba a la segunda Estrella de la Muerte, la del Retorno del Jedi, un lugar inacabado, flotando en la nada, fuertemente jerarquizado y con un jefe tenebroso. 

Don Alonso, un hombre más temible aún que sus dos perros -a día de hoy sigo sin atreverme a nombrarle sin poner el don delante, ni creo por otra parte que haya otra persona que haya osado llamarle de otra forma- era un huraño ganadero de toros de lidia que de algún modo había logrado transferir su carácter a los animales que le rodeaban, tanto a esos perros que merodeaban por el patio como a los toros que criaba en una finca cercana para las corridas más importantes. Al llegar había que dejar todo en su ala de la casa, que estaba llena de cuartos vacíos y pasillos interminables con cuadros de toros, animales disecados y crucifijos, allí es donde dormíamos, lejos de sus dos nietas, Beatriz y Catalina, que a esas horas de la noche dormían en su casa, justo debajo, y a las que no podíamos esperar a ver. Ni a ellas, ni a aquella neozelandesa que las cuidaba y que como acabábamos de saber, había sobrevivido a una ataque de Atila y Hatch y tenía cicatrices que mostrar. 

Recuerdo no poder dormir esa primera noche, anticipando una y otra vez, como si leyera de un inventario, todos los hitos de la Semana Santa pasada que deseaba repetir este año: ver a los nazarenos desfilar, merendar migas con chocolate, pasear por los sembrados, correr sobre el laberinto de tapias desconchadas del tentadero, escalar la gran montaña de grano en el almacén del campo, subirnos al inmenso tractor Steiger en cuyas ruedas uno se podía esconder, poner a galopar al viejo pony que vivía en el patio. Era consciente de que toda la diversión dependería en gran medida de aquella neozelandesa que había venido a sustituir a Shantal, la australiana que hasta el año pasado enseñaba inglés a Beatriz y Catalina, y que siempre estaba dispuesta a llevarnos en un seat Panda destartalado a cualquier sitio de los alrededores de Palma del Río, en busca de diversión. María, la madre de las dos niñas había descubierto que muchos australianos y neozelandeses dan una larga vuelta por el mundo en su juventud, antes de volver a su rincón aislado de Oceanía, y que era relativamente fácil atraer al monasterio a una de estas chicas para que enseñaran inglés a sus hijas a cambio de un sitio bastante exótico donde quedarse un tiempo. Shantal ya me fascinó el año anterior, por supuesto le dediqué una página entera en mi cuaderno de nuestras fechas, que decía así: “era una super-guapa australiana que se tuvo que ir a Australia porque su madre se había herido y casi muere. Me gustó mucho”. Su partida repentina me había entristecido bastante, pues había comprendido perfectamente que jamás la volvería a ver. Shantal tenía el encanto de lo extranjero, me gustaba que no hablara español y tener que usar un idioma que por entonces nadie en Palma del Río hablaba para relacionarnos, era en cierto modo como tener a una mujer solo para mí, en una burbuja de privacidad lingüística en la que sólo estábamos ella y yo. También mis hermanos hablaban inglés, y Beatriz y Catalina empezaban a hacerlo, pero eran todos más pequeños que yo, y a mí me gustaba a ratos irme de sus juegos y quedarme hablando a solas con Shantal, que además del encanto de lo extranjero y lo lejano, representaba para mí la posibilidad futura de una libertad impensable hasta entonces, con sus relatos sobre su largo viaje alrededor del mundo antes de volver a Australia definitivamente y buscar un trabajo. Hasta entonces nunca había conocido a nadie que se dedicara a viajar por el mundo para conocerlo, sin preocuparse ni de estudiar ni de trabajar. Sí conocía a mucha gente que había viajado, mis padres mismos habían vivido años en Londres, donde yo nací, pero no estaban de viaje, estaban trabajando, no estaban deambulando libremente por los Palmas del Río de esta tierra, sin saber cuándo se marcharían y donde irían después. Me figuraba que aquella mujer neozelandesa que dormía abajo, en el cuarto de al lado de Bea y Cata sería un poco como Shantal en eso, sería una viajera de un lugar más lejano aún, y sospechaba que también se iría de manera repentina, como había venido, y que después de esa Semana Santa no la volvería a ver jamás. 

Al día siguiente bajamos a un desayuno que era diferente a nuestro desayuno de tostadas y cereales kellogs. Torta de aceite, mollete tostado, un plato con ajos para frotarle al mollete, aceite de oliva, zumo de pomelos y naranjas recién recogidas. Beatriz y Catalina llevaban tiempo en la cocina esperando a que bajáramos. Yo, que ya tenía diez años, me sentía muy consciente de mi edad, y me parecía frustrante tener que jugar con gente cuya edad se podía escribir con un solo número, niñas pequeñas además.

La madre de las niñas vino a saludarnos, le seguía una joven mujer de tez tostada, con una melena perfectamente lisa y perfectamente negra, y unos ojos levemente achinados. -This is Kay. She comes from New Zealand, say good morning to Kay.- Se me hizo evidente, en ese mismo instante, que por primera vez en mi vida iba a hablarle a alguien de una raza distinta y desconocida para mí. Aquella mujer no parecía ser china, ni tampoco negra, que eran las únicas otras razas que conocía por la televisión, y estaba en todo caso fuera de ese amplio espectro de lo europeo, que en mi mente abarcaba toda la gama de colores entre mi profesora Mrs McNaughton, una escocesa pelirroja con una piel pálida por la que traslucían sus venas azuladas, y nuestro jardinero Tiburcio, con su curtida piel morena, surcada por mil pliegues, como la de un fruto secado por el sol. Kay nos sonrió con una inmensa sonrisa y se quedó con nosotros en la cocina, supongo que nos preguntaría el nombre, la edad, qué juegos nos gustaban esas cosas con las que un adulto entabla conversación con un niño al que debe ganarse. En algún momento de esa mañana recuerdo que nos explicó que ella tenía aquellos rasgos porque era maorí, y nos enseñó alguna palabra maorí. Recuerdo haberla sorprendido entonces con mi vocabulario y mis conocimientos de geografía, cuando le dije que Nueva Zelanda eran las antípodas de España. Ella no conocía la palabra antípodas, yo lo acababa de aprender en el Gran Libro de Preguntas y Respuestas de Charly Brown, y había comprobado en un mapamundi que las antípodas de España debían ser Nueva Zelanda, de modo que ella estaba lo más lejos posible de su casa que podía estar en la tierra. Ella me sonrió y me dijo que era un chico inteligente, y desde ese momento ya sólo quería hablar con ella, no me preocupaba ya subirme al inmenso tractor Steiger, ni irritar a Hatch para escuchar sus ladridos afónicos, ni hacer equilibrismos por encima de las tapias del tentadero. Estar con una mujer maorí en un monasterio de Palma del Río, Córdoba, aprendiendo saludos en una lengua absolutamente extraña y pudiendo estrenar en una conversación adulta todas las palabras extrañas aprendía en los libros, me hacía sentir una excitación superior a la del día de Navidad o a la de mi cumpleaños. Empezamos a conversar entonces y recuerdo no haber parado de conversar en los nueve días que duraron aquellas vacaciones.

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Trato de recordar ahora cómo fue mi relación con Kay, en qué consistieron exactamente esos días, y solo soy capaz de hallar la sentencia, asentada firmemente en el esbozo de autobiografía que me cuento a mí mismo cuando quiero recordar quién soy, de que aquel fue mi primer amor, pero apenas queda nada del sumario ni de las pruebas que me llevan a concluir que así fue. Si soy estrictamente riguroso, y evito ficcionar y adornar mis recuerdos como he hecho hasta aquí, puedo decir que en realidad sólo me quedan de Kay tres fotos de nosotros en Palma del Río, fotos que ahora mismo no encuentro, pero que recuerdo bien de tantas veces que las he visto, un par de extensas cartas que me envió desde Múnich a finales del 86 y que me sirven para entender el tono de la conversación que manteníamos, y luego, ya en mi memoria, dos recuerdos nítidos y concretos. Uno, es la visión de la mordedura de uno de los perros en su muslo, no es más que una foto mental, no hay situación ni conversación, no sé en qué lugar del Monasterio ocurrió ni en qué momento, quizás incluso sea un recuerdo fabricado, pero tengo la imagen de la huella de la dentadura de Hatch sobre el muslo moreno de Kay, cubierta por una pátina de mercromina. El otro recuerdo es una escena en su dormitorio del monasterio, me la guardo para más adelante, porque creo que es en él donde aún encuentro algo de lo que sentía entonces. 

Empecemos por las cartas. Acabo de encontrarlas. Aclaro que ahora escribo desde Madrid, y estamos a mediados de octubre. He recuperado todas mis cajas de mudanza, que han estado depositadas en un almacén durante los años en que he estado fuera. Al poner orden en aquellas cajas, aparecieron varios papeles que hacía años que di por perdidos. Las cartas de Kay son muy largas, están escritas en un papel inmenso, un A3 muy fino, que plegaba varias veces para que entrara en un sobre de avión. Numeraba cada pliegue y dibujaba flechas para orientarme en la lectura de aquella carta caótica que manejaba como un mapa de carreteras. Se notaba que se había tomado su tiempo para escribirla, incluso incluían ilustraciones. Da la sensación al leerlas ahora que la carta no sólo se la escribía a un niño, sino que también se la escribía un poco a ella misma, riéndose de su vida desde la soledad y desde la mirada irónica hacia un mundo totalmente extraño y algo sórdido para ella. Describía con mucho humor su llegada a una casa destartalada de Munich, en la que convivía con varios desconocidos de diferentes países, seres noctámbulos y bastante crápulas, algunos que hasta le daban miedo y otros cuyas presencias eran fantasmales y tan solo se sabía de ellos que tenían una maleta y una cama, pero que nadie veía jamás. Las cartas dicen mucho de cómo era Kay y de cómo miraba al mundo, pero también me hacen entrever al niño que yo era entonces cuando me paro a analizar el tipo de relación que había construido con ella, a través de las cosas que se atrevía a contarme y del tono y la manera en que me las contaba. Hubo un momento en que arranqué a llorar espontáneamente mientras releía aquella correspondencia entre una mujer de veintipocos años de la que jamás volví a saber nada y el niño de diez años que fui. Me venía a la cabeza un pasaje de las memorias de Chateaubriand que había fotografiado y puesto en mi instagram, aquel en que al visitar de nuevo Saint-Malo, su ciudad natal, se da cuenta de lo poco que queda del niño que fue y de lo irreconocible que le resulta todo, y termina diciendo “el hombre no tiene una sola y única vida; tiene varias puestas una tras otra, y ésta es su miseria.” Lloraba con la angustia del que llora sin saber porqué llora, quizás lo hacía al haber sentido que los seres que mantuvieron esa correspondencia habían desaparecido para siempre, pues al leer la carta entendí que claramente iba dirigida a otra persona que me resultaba totalmente desconocida, un niño al que había olvidado y del que apenas sabía qué cosas había compartido con Kay, qué le contaba en sus cartas, cómo se lo contaba. 

Sólo fueron dos cartas las que recibí de ella. En la segunda me decía que iba a irse de Munich, que le daba miedo la radiación de Tchernobyl, y que quería volver a su hemisferio sur que era mucho más seguro. Sí recuerdo haber pasado mucho tiempo esperando una carta de Kay, mirando el buzón cada día al llegar del colegio. Recuerdo haber sentido la angustia de que no le llegara a tiempo mi última carta antes de que se fuera de Munich, de que hubiera perdido mi dirección. De que me olvidara. De nunca volver a verla. Esas cosas que sienten los que aman.

Después de leer las cartas, una vez más traté de encontrar a Kay J. Bason en internet. Es algo que hago con cierta recurrencia desde la primera vez que me conecté a la red a mediados de los noventa. Ocurre que a veces me topo con alguna noticia sobre Nueva Zelanda, y de ahí me da por pensar en Kay y al rato me pongo a buscarla en redes sociales, guías de teléfonos de Auckland, etc… En vano, no ha dejado rastro digital. Aparecen algunas personas que se llaman igual, en Linkedin me sale una neozelandesa que trabaja como “Chief Petal Picker/Salad Scrutinizer”, y que difícilmente puede ser ella, se me hace que Kay estaba más preparada para su carrera profesional. Quizás se cambiara de apellido al casarse. Sólo una vez, hará unos cuatro años, encontré algo, era una foto de clase del colegio en el que estudió, donde la identificaban como la tercera de la izquierda de la fila de arriba, en una foto de escasa calidad.

En esta última búsqueda llegué incluso a mirar páginas de detectives de Nueva Zelanda, me puse a escribirle a uno y antes de darle al botón de enviar, mientras releía el correo, comprendí que era la carta de un loco, y me vino una nube de tags a la cabeza entre los cuales destacaban las palabras creepy y stalker. De modo que borré el mensaje y decidí una vez más resignarme a la pérdida. Kay tendrá ahora cincuentaidós años, me la imagino algo canosa, sin teñir, muy delgada. No puedo evitar fantasear con que por alguna casualidad algún día me la encontraré y cuando lo pienso me viene a la mente aquella escena del final de La Educación Sentimental de Flaubert, en que Madame Arnoux se corta un mechón de pelo canoso y se lo regala al pobre Frédéric Moreau que se ha pasado la vida persiguiéndola y sólo ya en la vejez recibe una prenda de su amor. 

Más allá de las cartas o de las fotos, el recuerdo más poderoso de Kay, aquel que ha crecido conmigo desde entonces y que habita en la parte más luminosa e inquebrantable de mi memoria, es una escena en su dormitorio. Íbamos a ir al campo a pasear y ella tenía que cambiarse. Yo estaba en su dormitorio y ella me enseñaba un baúl inmenso con el que viajaba y donde metía su ropa, sus accesorios, todas esas cosas que aún no sabía nombrar y que sabía que habitaban los rincones oscuros de los bolsos de las mujeres. Recuerdo la emoción de ver su ropa, de imaginarme cómo le quedarían unas botas o una falda. Entre todas aquellas cosas destacaba un disfraz de astronauta bastante sencillo, cosido a mano por ella. Me contó que se lo había hecho para una gran fiesta de despedida que le hicieron en Nueva York. Recuerdo que sentía celos de las personas que habían estado en esa fiesta, todos disfrazados y bailando en aquella ciudad que conocía por las películas de la tele, en una de esas fiestas locas a los que los niños no podíamos ir porque ocurrían cuando nos íbamos a la cama. Kay sacó alguna prenda del baúl y me dijo que saliera mientras se cambiaba. Y luego rectificó y me dijo que no hiciera falta que saliera. Me dijo que me tapara los ojos y que se cambiaría en un minuto. Yo no solo me tapé los ojos sino que además me giré y le di la espalda, pero no pude evitar abrir un resquicio entre los dedos por donde mirar a un espejo en la pared. Ella estaba en sujetador, con los brazos cruzados, sonriéndome -me estás mirando- dijo. Probablemente no me he ruborizado más en mi vida, me temblaban las piernas, aún siento una cierta emoción cuando rememoro esa visión de Kay en sujetador, recuerdo su sonrisa en ese espejo más que cualquier otro punto de su cuerpo, y recuerdo es sonrisa como la primera experiencia puramente erótica de mi vida. Mientras dejo por escrito aquella escena, me queda claro una vez más lo elaborada que tiene que ser a estas alturas una experiencia erótica para habitar en un lugar destacado de la memoria y brillar con luz propia.   

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Este texto es un capítulo de un libro de memorias que puede que acabe algún día, que viene a ser así como una memoria de las primeras veces: el primer amor, la primera muerte, etc… Ya colgué aquí el primer capítulo hace unos meses.

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