Elogio de lo Ineficaz


En mi casa se escuchan vinilos y se come con palillos chinos. Sí, suena a parodia de un hogar hipster, y sé que difícilmente se arregla ésto diciendo que yo ya tenía vinilos y palillos chinos mucho antes del advenimiento del hipsterismo, pero es igual, el que habla en público no puede evitar nunca el juicio de los demás y solo se le perdona al que se ríe de sí mismo. Obviamente también usamos tenedores y pasamos largos ratos en Spotify, pero cuando toca desacelerar el tiempo y poner atención, nos vamos al palillo y al tocadiscos. Son herramientas encantadoramente ineficaces. 

1. VINILOS

Permítanme ahora que les recuerde en qué consiste exactamente la experiencia de escuchar música en vinilo, puede que muchos lo hayan empezado a olvidar y otros más jóvenes no sepan bien de qué hablamos. El reproductor es un mamotreto que consta de amplificador y plato y que no sirve para nada sin una discoteca decente, este conjunto de objetos conforma la estación musical, ocupa bastante espacio y tiene escasa movilidad, uno no puede pasearse como lo hace con su altavoz bluetooth enlazado a su teléfono, es preciso establecer el punto fijo de la casa donde va a estar la estación musical, esto supone crear un cuarto de la música, el lugar en el que uno va a estar para escuchar. La escucha es bastante activa, puesto que no sólo debe uno desplazarse al cuarto de la música, sino que hay que levantarse de la silla por lo menos cada veinte minutos -que es lo que dura la cara de un disco- detenerse a escarbar en la colección de vinilos donde todo intento de clasificar por género o alfabeto suele ser efímero para todo aquel que no sea un maniático, y sacar finalmente algo que no pensaba escuchar por no seguir buscando el disco que hubiera querido escuchar, extraerlo de la solapa, tocarlo delicadamente, comprobar si tiene polvo, limpiarlo, dejar la carátula a mano para luego poder archivarlo sin problema. No se puede saltar de canción como hacemos hoy a la mínima impaciencia, no se puede poner una lista, ni se puede poner en modo shuffle. Si uno quiere escuchar algo nuevo, buscar un vinilo no es tan fácil, se debe o bien salir a buscarlo o bien, esperar a que eBay o Amazon te lo traigan, no hay gratificación inmediata y a menos que uno disponga de mucho dinero y mucho tiempo para comprar, difícilmente se adquieren más de 30 canciones nuevas a la semana. 

Por tanto, todo este sistema del vinilo es, como ya he dicho, sumamente ineficaz en todos los aspectos: el almacenamiento de la música, la adquisición de nueva música, la reproducción y la falta de movilidad del aparato y la colección. La pregunta entonces sería qué ventajas puede tener este método de reproducción frente a los sistemas actuales, y por qué empeñarse en él. Hay quien dice que el sonido es mucho mejor, porque no hay compresión, pero lo cierto es que tiendo a desconfiar bastante de este motivo, creo que sería incapaz de distinguir una canción reproducida desde Spotify de una reproducida en un tocadiscos, a no ser por los ruidos propios de la aguja cuando se encuentra con polvos o rayajos. También hay quien diría que los vinilos satisfacen el fetichismo del que prefiere poseer objetos de diseño sensibles al paso del tiempo. Todo esto puede ser cierto, pero no son ni mucho menos las razones que me impulsan a recuperar el tocadiscos como método preferido de reproducción de música.

Diría que lo que a mí me interesa es la liturgia y el ritual. Me gusta que en mi hogar exista un lugar específico, una capilla por así decirlo, para la escucha de música, un donde escoger una canción sea una experiencia similar al de escoger un libro en una biblioteca, miramos las hileras de lomos de libros, a la espera de que uno nos seduzca por el título o porque conocemos ya el autor, lo extraemos de la balda donde reposaba en silencio y procedemos a preparar la mente para escuchar en ella el mundo propio del autor, algo que requiere un esfuerzo de concentración, buscar un sitio donde sentarse y entregar esa porción de tiempo al ejercicio de contemplación. El exceso de eficacia que hoy en día nos brinda la tecnología ha banalizado completamente el acto de la escucha, basta con apretar un botón para que se inicie un hilo musical permanente, donde un algoritmo sustituye y atrofia nuestras capacidades de búsqueda y donde la experiencia de descubrir pierde toda su potencia e impacto. Hace 25 años, cuando compraba mis primeros vinilos, podía pasar horas leyendo cada dato de la carátula de un vinilo antes de comprarlo. Mi presupuesto era limitadísimo, apenas podía comprar un par al mes. Para hacer una compra era preciso pasar largo tiempo observando las portadas, los créditos de composición, el año de la grabación, los intérpretes, los títulos, todo la información disponible en la superficie del objeto, antes de tomar la decisión. Era un proceso análogo al de comprar una botella de vino, en que uno mira la añada, las uvas, la bodega, el enólogo, las notas de cata en la etiqueta, hasta que finalmente decide adquirir la botella, sin saber a ciencia cierta a qué sabrá el vino. Hacemos los rituales con los que honramos a una buena botella, sacamos la copa para la ocasión, retiramos la cápsula con un corte ordenado, extraemos el corcho con una cierta emoción, la que nos trae el primer aroma, y luego la emoción del primer sorbo, la del segundo sorbo, corroboramos nuestro juicio al terminar el vaso entero, y luego sentenciamos el vino, sabemos si es un gran descubrimiento, o una gran decepción, o simplemente más de lo mismo. Lo mismo ocurría con la música en la época del vinilo, y sin embargo ahora, la experiencia de la música es más bien la de abrir el grifo de agua de nuestro fregadero. Escoger el vinilo como método preferido de reproducción musical es en cierto modo, conferirle a la música un esfuerzo de atención que contribuye a mantener el inmenso valor que supone tener a nuestra disposición todo un universo de sonidos. 

Pero además la experiencia del vinilo añade una dimensión social a la escucha que había olvidado por completo y que recuperé recientemente durante el tiempo que viví en Austin, Texas. Ahí me hice buen amigo de un coleccionista mejicano de vinilos que a veces me invitaba a su casa diciéndome, “vente, y escuchamos unos viniles, nos tomamos un vino.” Me hizo recordar aquel tiempo, de adolescente, en que yo también invitaba a amigos o era invitado por ellos a escuchar los últimos vinilos que llegaban a nuestras manos. La llegada de un nuevo disco era un acontecimiento que se compartía, nos sentábamos a escuchar la nueva adquisición en un sofá  y comentábamos las canciones, como quien ve una película y rememora después las mejores escenas: quién toca ese solo, como lo han clavado con ese coro, esos arreglos le sobran, qué querría decir en ese verso… Recientemente he desempacado mis viejos álbumes y mi tocadiscos y me he sentado a escuchar álbumes de los Beatles con mis hijas, leyendo las letras de las canciones al mismo tiempo o abriendo un tequila con un amigo y comentando los liner notes. En estos tiempos en que oscilamos entre el inexpugnable espacio individual que nos brindan los auriculares o la lucha por imponer el ininterrumpido hilo musical de nuestra playlist interminable, esa experiencia social de la escucha compartida desaparece. El vinilo, gracias a su duración, establecía turnos claros de escucha.

2. PALILLOS

La ineficacia del palillo como utensilio para la ingesta de alimentos ofrece ventajas parecida a la experiencia del vinilo como método de reproducción musical. Esto quizás sólo sea cierto cuando se trata de gente que ha crecido comiendo con la mano o con cuchara, tenedor y cuchillo. Los orientales son increíblemente rápidos y eficaces con palillos, devoran un cuenco de arroz en segundos. A mí sin embargo me ralentizan completamente el acto de comer. Para empezar, añaden un paso más a la preparación de la comida. No basta con cocinar y servir, entre medias hay que cortar la ración de cada comensal en pequeños trozos que puedan ser atrapados con un palillo. Una amiga japonesa me explicó que eso era así porque en la mesa nunca debía de haber cuchillos, puesto que éstos son susceptibles de emplearse como armas, lo cual me pareció bastante juicioso, a juzgar por el tipo de personas que a veces se sientan a mi mesa y por la cantidad de alcohol que pueden llegar a ingerir. Comer con palillos requiere un esfuerzo de atención por considerar el corte correcto de cada alimento y el diseño de cada porción individual que alguien puede llevarse a la boca sin atragantarse ni hacer bola. Ya sólo eso me parece toda una victoria del racionalismo sobre nuestros impulsos más voraces por llevarnos el cacho más grande. 

Los palillos, gracias a la desaceleración de la ingesta que provoca su ineficacia y al esfuerzo de diseño de cada pequeña porción de comida a la que obligan, permiten disfrutar lentamente de cualquier alimento, por escasa que sea la elaboración que conlleve. Basta cortar un tomate en dados, rebanar una cebolleta y desmigajar un taco de atún para tener una cena que uno tarda en el suficiente tiempo en comer como para saciarse y apreciar cada bocado con atención. Trocear, más bien esculpir cada bocado, se vuelve la parte más importante de la cocina, y de repente la selección de la materia prima se convierte en un imperativo. Un buen tomate o una buena sardina en lata se transforman en una señora cena si uno lo trocea perfectamente y recoge uno a uno cada pequeño pedazo. Me basta imaginar que comeré algo con palillos para que cualquier pieza de verdura o una simple caballa de a tres euros el kilo, se convierta en una experiencia gastronómica lenta y satisfactoria. Con un tenedor y un cuchillo, me durarían menos de cinco minutos en un plato y me sabrían a aperitivo. 

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