SOBRE LA LÁMINA CCXXV DE THE BIRDS OF AMERICA

Escrito tras una excursión para avistar aves en el centro de Tejas, en marzo de 2013.

Desde el parking de visitantes, un cartel con una foto de una masa de agua violenta y turbia desbordando el cauce del Pedernales, recuerda al visitante que el río puede mutar en cuestión de minutos con las primeras gotas de una tormenta, y por tanto queda usted avisado de la riada potencialmente mortal a la que se expone el excursionista imprudente. Un segundo cartel avisa de que el otro lado del río es propiedad privada y que los “trespassers” pueden ser perseguidos y multados. Un tercer cartel avisa de las penalizaciones que comporta el desobedecer la prohibición de beber alcohol en el parque o incluso de mostrar botellas abiertas. Por si no se han dado cuenta aún, estamos en USA, concretamente en el centro de Texas.
Pedernales Falls es un débil reguero de agua de medio palmo de profundidad que se derrama sin fuerza, arrastrándose sobre unas inmensas rocas lisas que forman una ligera pendiente. El cauce del río a esta altura es muy ancho, está cubierto de polvo y arena, y los únicos seres vivos a la vista eran tres o cuatro grupos familiares de domingueros tejanos gritándose de roca en roca y espantando cualquier otra presencia animal aparte de los sempiternos zopilotes, los buitres negros que acaparan el cielo en esta zona del mundo.

Aquí nos fuimos a pasar la mañana de un sábado de invierno mi socio y yo, para aprovechar que nos habían prestado un coche y podíamos por fin atestiguar que había un mundo más allá del apartado suburbio de Austin donde estaba todo lo que necesitábamos: nuestra oficina, nuestra casa y un supermercado lleno de relucientes verduras simétricas, y pescados sin colas, ni cabezas, ni tripas. 

Yo llevaba mis prismáticos nuevos, y sentía una excitación parecida a la que tiene el viajero que entra por primera vez en un museo extranjero para ver un cuadro que ama y que sólo ha visto en libros: iba al primer encuentro con alguna de las aves retratadas en los grabados de The Birds of America, libro que conozco al dedillo, y cuyo autor, John James Audubon, representa todo lo mejor del espíritu de esta nación que amo y odio a ratos. En mi vanidad, Audubon es un espejo en que me gusta mirarme. Como yo, él también dejó detrás un país europeo (si bien, mucho más joven), vio durante años cómo se hundían sus varios emprendimientos con los vaivenes de la economía, y decidió de manera desesperada, ya a los treintaicinco años y siendo padre de una familia numerosa, dejarse de tonterías y dedicarse plenamente a lo que de verdad le apasionaba y sabía hacer mejor que nadie. En su caso, eso consistía en perderse por lo salvaje, cazar aves y pintarlas representando sus hábitos y su carácter. En mi caso, me temo que soy un diletante tan aficionado a todo y tan experto en nada, que he necesitado rodearme de buenos socios y amigos para que se encarguen de sacar de mí lo mejor y contener al máximo mi capacidad para todo lo inútil.

La ornitología es una más de mis inconstantes aficiones. Llamarlo ornitología me parecería elevarlo a una categoría científica que poco tiene que ver con lo que yo hago cada vez que me acuerdo de llevarme los prismáticos cuando salgo al campo. Los ingleses lo llaman Birdwatching, y tengo entendido que los americanos prefieren llamarlo Birding. Si fuera un arte marcial, yo sería, a lo sumo, cinturón verde, pues apenas distingo los cantos de las diferentes aves, no sé como son sus huevos ni sus nidos, ni las épocas de cría, ni los plumajes invernales o juveniles, ni muchos otros aspectos más profundos que un verdadero birdwatcher procuraría estudiar para obtener su cinturón negro. Lo cierto es que las aves me interesan, y que tengo la habilidad de detectar fácilmente a cualquier pajarillo camuflado en su escondite, y de retener en la memoria a un buen número de ellos, hasta llegar a casa para luego consultar sus nombres en una guía. 

Los hombres antiguos miraban siempre hacia arriba, pues para ellos el cielo era el libro en que leían los designios de las divinidades: de día los dioses escribían con los pájaros, y de noche escribían con los astros. Los comportamientos de las distintas aves eran, de este modo, símbolos que un hombre debía saber interpretar. Los hombres de ahora ni tenemos interés en ver el cielo (ya existe una app que nos da el parte meteorológico), ni sabemos leer nada en el cielo: de noche todas las luces nos parecen estrellas, sin nombres ni apellidos, y así mismo, de día confundimos todas las aves. 

Yo, como el común de los hombres, hace apenas diez años llamaba pajarito a todo lo que tuviera tamaño de gorrión, pajarraco a todo lo negro que graznaba, águila a lo que planeaba, pato a lo que flotaba en agua dulce y gaviota a cualquier bicho blanco sobre el mar. Luego pasó que a la muerte de mi abuelo, mi madre heredó un coto de caza en Córdoba, sin haber sido cazadores jamás, ni tampoco hombres de campo. Tampoco era mi abuelo un hombre ni especialmente cazador ni particularmente de campo, sino un hombre que se hizo su fortuna en la época en que los que se hacían fortuna aprendían a cazar y a navegar. 

 Y con el coto de caza heredamos un cortijo preparado para invitar a cazadores, un armero lleno de escopetas y rifles, y casi la obligación de celebrar un par de monterías al año. Con lo que de la noche a la mañana nos hicimos cazadores: nouveaux chaussers, como alguna vez le he escuchado decir con desdén a algún viejo cazador de apellido compuesto. Y en ese circuito pequeño de los terratenientes cazadores uno invita a cazar y a su vez, es invitado a cazar. Así fue como recibí mi primera invitación a una cacería de patos en un pantano de Córdoba. Me invitaban unos terratenientes andaluces, que tenían unas tierras de labranza no lejos de nuestra finca, donde habían construido un pantano de cierto tamaño en el que llevaban un mes dejando cebo para los patos. 

La cacería empezaba antes del amanecer, nos reunimos los cazadores cerca del primer puesto. Me preguntaron si quería un cimbel o si traía uno de casa. Bastó que preguntara qué era un cimbel para que mis anfitriones se dieran cuenta de que era el auténtico nouveau chausser y muy amablemente me indicaron donde tenía que colocarme, bastante lejos de ellos, y se llevaron consigo dos patos de plástico (los cimbeles) al otro extremo del pantano. 

La cacería fue para mí un fracaso absoluto, los patos llegaban de repente en bandada, con un estruendo que en el silencio oscuro de un lento amanecer, parecía el de un helicóptero, y mis anfitriones, a lo lejos, mataban los patos de tres en tres, mientras que a mi solitario rincón del pantano no se acercaba ni un animal. Como buenos cazadores que eran, sólo tiraban a los patos cuando levantaban el vuelo desde el agua, estaba claro que matarlos quietos y flotando era para ellos una violación del código de honor del cazador. Pasadas tres o cuatro bandadas de patos yo seguía sin haber pegado un tiro, viendo como todos los patos iban indefectiblemente hacia los dos cimbeles como los mosquitos van a la luz. Entendí que la cacería estaba por acabar al ver que cada vez eran más pequeñas las bandadas que los ojeadores conseguían espantar hacia el pantano. Yo no quería pasar la vergüenza de volver sin una sola presa, aunque sabía que claramente me la habían jugado con los cimbeles y que apenas tenía posibilidad alguna. 

De repente, al clarear un poco la mañana, vi la silueta de un pato antisocial, flotando solo, ignorando a toda la bandada, en mi rincón del pantano. Esperé a tenerlo bastante cerca para dispararle a traición, mientras estaba casi quieto en el agua, y poder así al menos cobrar un ave. Le pegué dos tiros para cerciorarme de que moría. Seguía moviéndose, pero me pareció que un tercer tiro desintegraría al ave, visto que a los demás les bastaba un tiro para bajarse a tres volando. Tuve que ver durante un tiempo que se me hizo interminable los estertores finales de aquel ave moribunda, flotando en círculos, de costado en el agua, con el cuello caído como un buque desarbolado.

El sol salió, pasó la última bandada, escasa ya. El pantano estaba lleno de patos muertos, flotando. Uno de mis anfitriones gritó “esto se ha acabado” y salió de su puesto corriendo hacia el herbazal, para sacar de ahí los patos alicortados (esa fue la palabra que utilizaron, yo fantaseaba con escribir un cuento que se titulará “Un Alicortado en el Herbazal”, otra de las palabras que aprendí ese día) que buscaban refugio y retorcerles el pescuezo. Yo esperaba a que mi única presa llegara a la orilla empujada por la brisa. Cuando por fin la tuve en mis manos me di cuenta de que era un pato bien extraño, ni siquiera parecía un pato. Uno de mis anfitriones lo miró muerto de la risa, “¿pero qué has matado, eso qué es?”, otro de ellos me recomendó que nos deshiciéramos del cadáver, no sea que nos cruzáramos con los del SEPRONA y acabáramos en el calabozo. Tenía pinta de ser una especie protegida, según él, pero lo cierto es que nadie sabía ponerle un nombre a aquel pobre animal al que arrojaron entre los carrizos. 

Yo me quedé con la imagen grabada de aquel ave anaranjada, con un bello penacho de alargadas plumas que la salía de la cabeza y con el cuerpo agujereado por mis dos disparos. Ya que le había matado de manera cobarde y que también de manera cobarde nos deshicimos de su cadáver, me impuse como penitencia averiguar al menos el nombre de mi víctima. De manera que compré una guía de aves y tardé poco en concluir que se trataba de la escasísima garcilla cangrejera, un tipo de garza de la que apenas hay mil ejemplares en nuestro país, según la Sociedad Española de Ornitología. Este hallazgo me creó una gran culpa, y sobre todo, me hizo preguntarme hasta dónde había llegado mi embrutecimiento como para confundir un pato con una garcilla, dos aves cuyo único parecido era que vivían cerca del agua. 

A partir de ese momento, pasé un par de años devorando guías de aves e identificando cualquier animal con plumas que pasara cerca de mí cuando estaba en aquella finca de mi abuelo, tanto es así que creo que hoy podría distinguir la mayoría de las especies visibles en la zona de la Sierra de Córdoba, donde sin embargo jamás he vuelto a ver una garcilla cangrejera. 

No quiero perderme con los orígenes de mi afición, que además de lamentables y anecdóticos, no es lo que quiero contar. Para mí lo importante de la afición a la observación de aves es la educación de la mirada. Identificar aves es un gran ejercicio del que he aprendido muchas cosas, la primera de ellas es a mirar las aves, algo que más adelante entenderán que sirve para muchas otras cosas en esta vida. 

Lo primero que uno entiende cuando se aficiona es que hay que ser rápido y metódico en la observación, porque a menudo, tan pronto aparece un ave, se va volando. Hay que fijarse por partes, mirar el color del pico, de las patas, del vientre, del lomo, del obispillo (esa parte del final de la espalda y anterior a la cola, que queda oculta por las alas), hay que fijar rápidamente cualquier característica, un anillo oscuro en el cuello, una lista a la altura del ojo, un penacho en el píleo… en cuanto echan a volar hay que ver cómo arrancan, si ascienden rápido o buscan pronto un arbusto, si planean, si aletean con fuerza, si vuelan pendularmente. Cuando caminan hay que ver si saltan o dan pasos, si son capaces de trepar verticalmente por un tronco. También es importante ver si van en bandadas, solos o en pareja. Cualquier detalle pequeño puede ser la clave que permita al observador poder disipar sus dudas a la hora de diferenciarla de las otras aves que se le parecen, y concluir la identificación, es decir, a la hora de ponerle nombre y apellidos: Garcilla Cangrejera, ardeola ralloides. 

Al principio, cuando uno ya tiene la vista entrenada para fijar detalles característicos, uno sale al campo con la esperanza de que se le aparezcan las aves, y efectivamente, las aves aparecen. Siempre hay unas cuantas que no disimulan nada y no temen mostrarse a distancias razonables: mirlos, alondras, palomas, carboneros, currucas, tarabillas, pinzones, golondrinas, aviones, vencejos… uno se empacha de ver decenas de pájaros nuevos cada día sin salir apenas dos pasos más allá de la puerta de su casa. Bastan un par de semanas para terminar de reconocer todo lo que siempre habíamos tenido ante nuestros ojos y jamás habíamos visto. A mí me resultó verdaderamente aterrador pensar que hasta ese momento todos aquellos pájaros eran invisibles para mí, se escondían ante la inmensa abstracción de un sustantivo común, pájaro, en el que todos cabían indistintamente. La primera vez que me fijé en un pinzón común pensé que estaba ante un ave exótica, hasta que di con ella en una de mis guías, donde estimaban que sólo en España habría más de millón y medio de parejas de pinzones. Todo lo que para mí resultaba absolutamente extraordinario era totalmente vulgar. Pasa también con la gente, bastan unas cuantas plumas de colores bien puestas para que un ser vulgar nos haga pensar en nuestra etapa más ingenua que estamos ante un ser único y extraordinario.

Más adelante, superada la etapa de descubrir todo lo común y vulgar, uno deja de esperar a que las aves se le aparezcan y sale a buscar aquello que está más oculto. Y para ello debe aprender a distinguir los espacios donde las aves más singulares se han especializado para sobrevivir. Una vez más, no es aventurado hacer una metáfora con la vida, y con nuestra experiencia de la gente. Así, en torno a un arroyo uno empieza a comprender que hay varios hábitats diminutos y perfectamente delimitados. En los carrizos se esconden los pajarillos que comen los insectos que sobrevuelan la superficie del agua, en las orillas están las aves limícolas y zancudas que picotean los suelos fangosos, en el centro del cauce los patos y los cormoranes que saben nadar, en las ramas bajas de los fresnos y las adelfas están perchando los martines pescadores… el paisaje entero empieza a compartimentarse a ojos de un birdwatcher, en función de la humedad, la frondosidad, la altura de las ramas o de la hierba, la luz o la sombra, en definitiva, todo se delimita en pequeños escenarios donde las aves más particulares hacen sus apariciones. De esta manera, lo que antes en conjunto no era más que un río para mí, ahora es una infinidad de lugares bien distintos: la orilla de barro, la orilla pedregosa, la zona profunda, la zona somera, la orilla con carrizos, la orilla con ramas… 

Y cuando uno ya ha aprendido a entender esas pequeñas diferencias del terreno que marcan el territorio donde se puede avistar una determinada ave, lo siguiente es aprender de los ciclos naturales. Para eso se necesita un par de años observando aves. Entonces uno se da cuenta de las que llegan y de las que se van, de las que sólo están de paso como las grullas, o de las que aparecen con una ola de frío, como el avefría. Un día de primavera miramos hacia arriba y el cielo parece un tiovivo donde giran y giran los vencejos, y otro día volvemos a mirar y ya se han ido, y más tarde llegan los zorzales con su vuelo torpe y pendular, y luego empieza de nuevo todo con las golondrinas, y esa forma tan genérica que teníamos de entender los ciclos del año con sólo cuatro estaciones se vuelve algo más complejo y comprendemos como dentro de la primavera hay varias primaveras, una primera primavera, con la llegada de los aviones y otra primavera más tardía con la llegada de los abejarucos, y aprendemos también cómo en el otoño hay varios otoños, etc.

Todo esto para decir que observar las aves, fundamentalmente, lo que nos enseña es a mirar, a reconocer rápidamente los matices de lo que nos rodea y a hacer la experiencia de nuestro entorno más profunda y rica. Pasamos muy a menudo por el mundo llamando flor a todas las flores, árbol a todos los árboles y pájaro a todas las aves, de modo que no somos capaces de ver el mundo como un libro abierto, sino como un críptico garabato que ya no aspiramos a entender.  

Con el tiempo, uno también aprende a ver pájaros de otras tierras. En cuanto se tienen los rudimentos básicos y se conocen las especies más comunes, es fácil aprenderse las aves de un nuevo territorio, no se empieza de cero. Aunque uno esté como estoy yo ahora, en Austin, Texas, tratando de comenzar una nueva vida en un lugar totalmente desconocido. 

Pasemos hasta donde comenzaba el silencio, por el incómodo pedregal de aquel cauce medio seco, lejos ya de los gritos de los domingueros, y nos sentamos sobre una gran roca lisa cubiertos de sudor. No se veía ni un ave, “aquí no hay nada” decía mi socio con convicción. Eso es lo que piensan los no iniciados en este arte, pero siempre hay un pájaro. Hay que tener paciencia, dejar el tiempo pasar en silencio, fundirse con el paisaje, petrificados, en la sombra, y poco a poco irán pasando. Donde fluya el más mínimo regajo de agua fresca, siempre hay pájaros. Empezamos a escuchar cantos y reclamos, pero no se les veía. Hasta que en el borde de una charca, delante de nosotros, aparecieron cuatro chorlitos, no sabía de qué tipo. Había que observar mejor y quedarse con cada detalle. Apenas dio tiempo a distinguir dos anillos negros en el cuello, cuando nos vieron, echaron a volar y entonces vi el obispillo naranja, que sin duda sería una marca singular… Saqué el móvil del bolsillo, ansioso por ponerle nombre antes de que algún detalle se me borrara de la memoria: escribí plover, texas, black rings, orange rump, y allí apareció de manera inconfundible mi animal, en una página llamada “whatbird.com”: era un killdeer plover. Luego busqué Killdeer Plover para ver más fotos y resultados, y me encontré con lo que más esperaba: Audubon lo representaba en la lámina CCXXV de The Birds of America, y le dedicaba un texto descriptivo, contrario al estilo insufrible y gélido de las actuales guías de aves al que estoy acostumbrado, un texto con toda la emoción de quien se encuentra con algo nuevo y bello por primera vez, tras una larga y cansada caminata con un rumbo incierto: 

“Reader, suppose yourself wandering over some extensive prairie, far beyond the western shores of the Mississippi. While your wearied limbs and drooping spirits remind you of the necessity of repose and food, you see the moon’s silvery rays glitter on the dews that have already clothed the tall grass around you. Your footsteps, be they ever so light, strike the ear of the watchful Kildeer, who, with a velocity scarcely surpassed by that of any other bird, comes up, and is now passing and repassing swiftly around you (…)”

                    John James Audubon

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